Por: Javier Ortiz

Desconcierto

Vivimos tiempos en los que la razón y lo políticamente correcto parecen discursos inútiles, que a lo sumo les sirven a algunos hombres heterosexuales como estrategia para enamorar a mujeres sensibles.

Con los últimos resultados políticos, es como si el mundo avanzara con una agenda oculta que rebasa los criterios de los analistas políticos y sociales. Mientras en los medios, foros, debates públicos y en masivas manifestaciones callejeras se aboga por las libertades y aumentan los niveles de aceptación y reconocimiento de la diferencia, por otro lado, agazapados, acechan los principios conservadores, amantes de un orden mezquino y excluyente que ve con recelo cualquier iniciativa de cambio.

Hemos avanzado en la construcción de sensibilidades y criterios éticos de inclusión, y salvo algunos temerarios, que por lo regular se refugian en cruzadas religiosas, pocos se exponen públicamente al escarnio de ser tratados como retrógrados y sectarios por sus ideas. Sin embargo, en el espacio privado, normalmente en la soledad del cubículo de votación, donde el ser humano está solo con su conciencia, aflora lo más cierto y sincero que cada uno lleva dentro.

En la intención de buscarle explicación a lo que nos enfrentamos, poco sirven los análisis prepotentes que ven a quienes toman decisiones en las urnas como una caterva de descerebrados. Quizás el error está allí. En creer que la gente se mueve simplemente bajo las ideas que impone un selecto grupo de iluminados, y que el pueblo no tiene la capacidad de agencia como para elaborar discursos propios con lo que tiene a la mano. El pueblo —me decía un amigo hace unos días— no siempre tomará las mejores decisiones, pero siempre toma sus decisiones.

Lo que acaba de pasar en los Estados Unidos es un reflejo de eso. Ninguno de los expertos se imaginó el resultado de las pasadas elecciones, tal vez porque las observaciones se hicieron a partir de la agenda que los medios y los analistas tenían en mente, y no desde los criterios de un importante grupo de ciudadanos estadounidenses que votaron por una opción que a todas luces, desde los razonamientos políticos en boga, se presentaba como un despropósito. Sin duda, un millón de veces prefiero a Hillary Clinton por encima de Donald Trump, y tengo la certeza que a un hombre como Barack Obama jamás se le ocurriría plantear como solución al tema fronterizo con México construir un muro. Pero eso no nos debe hacer olvidar que Obama no cerró Guantánamo como se esperaba, que hay tropas norteamericanas en Irak, y que siguieron los bombardeos a países en el Medio Oriente. Más aún, fue un acto de guerra, la muerte de Osama bin Laden, lo que facilitó las cosas para su permanencia en la Casa Blanca por otro período.

Estamos en una época de transición e incertidumbres, y dudo mucho que alguien tenga claridad de hacia dónde vamos. En estos tiempos líquidos, tan difíciles de asir, no me extrañaría que durante el gobierno de Trump la Policía asesine menos personas negras que las que murieron en los dos períodos que estuvo un hombre negro en la silla presidencial. Es posible que hayamos creído que la razón y el discurso políticamente correcto ya estaban instalados en la humanidad, pero hechos como los recientemente ocurridos nos obligan a asumir que seguimos andando caminos insondables, y que es necesario intentar explicar y entender al mundo. Otra vez.

 

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