Por: Arturo Guerrero

Desespero, mitología y redentores

La humanidad avanza desesperada hacia la cima de la tecnología. La humanidad regresa desesperada hacia la sima de la mitología. El punto de contacto entre estos dos movimientos inversos y simultáneos es el desespero.

Gracias al teléfono inteligente, el hombre tiene a toda hora el universo en su mano. No hay duda que no sea resuelta al instante por Google. El giro de los siglos, el destierro de los continentes, los escrúpulos de la ciencia, la fulguración del arte, he aquí el arsenal ofrecido sin precio a un clic de la curiosidad global.

Las guerras no las hacen soldados sino drones, avioncitos cuadrúpedos avispados que saben más que cualquier cerebro mortal. Matan sin ser matados.Ponen la bomba en el blanco quirúrgico. Son combatientes de mentiras que causan bajas de sangre verdadera.

Marte se está parcelando al mejor postor. Magnates que aspirarán a la presidencia gringa se entrenan en cubos ingrávidos para flotar hacia sus futuros predios cuando esta Tierra no tenga qué exprimirle.

Ningún huevo tibio se pasa de tiempo en el fogón ni queda duro, pues el dueño de casa programa a distancia cada meneo del aire y cada agitación del vuelo de las moscas.

Las fantasías electrónicas más disparatadas de las películas demoran cinco años en estar a la mano de los niños. Todo lo nuevo pierde precio en el acto. Todo lo barato es obsoleto cuando estos niños lo usan. Nada se repara, lo que se estropea va directo a la basura.

Aquel arsenal de maravilla tiene duración de humo. La tecnología es más veloz que el hombre. Es cierto que los niños nacen hábiles para múltiples tareas y para la simultaneidad de los cinco sentidos. También lo es que a los diez años de edad están cansados.

Llegan desesperados a la cumbre de los aparatos y de la eficiencia. Encuentran un ataque de desespero en el desconcierto de sus exigentes vidas.

Esto les sucede no solo a los niños. Los mayores son como niños de alma, ingenuos usuarios del escaparate contemporáneo. Exprimen las potencias brindadas por los adelantos de la productividad. A continuación quedan extenuados.

A lo largo de los años los han atenazado preguntas que únicamente se les ocurren a los seres inteligentes. ¿En qué consiste vivir? ¿Por qué nos trajeron a este mundo sin pedirnos permiso? ¿Cuál es el vacío dejado por el placer, el poder, la fama, el billete? ¿Qué clase de felicidad es la felicidad?

Miran a un lado, al otro. En las aulas les enseñaron a ser eficaces, a ser fieles a la productividad y al éxito. Les cerraron los ojos frente a las condiciones para conseguir las metas: cualquier medio vale con tal de conseguir el valor. Les implantaron la espina de la competencia, no el agasajo de la solidaridad.

¿Qué aparece en el horizonte de los remedios para las grandes masas, que no tienen cómo pagar al sicólogo? La mitología, es decir el retorno a las viejas religiones, los nuevos cristianismos de garaje, la autoayuda de la Nueva Era. Es entonces cuando aparecen los redentores y arrasan en todas las elecciones.

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