Por: Juan Manuel Ospina

Después del huracán Trump

Lo de Trump es ante todo un signo contundente de que la crisis de la política como la conocemos en el mundo, parece tocar fondo.

La gente, de todos los niveles y condiciones sociales, ya no le creen ni a los partidos ni a los políticos, pues ven que ambos, y no sin razón, andan de espaldas al mundo real, absortos en el artificial de sus intereses, compromisos y componendas;  la política quedó reducida a ser asunto solo de los políticos, con los políticos y para los políticos y sus compinches. Y esto sucede en un mundo convulsionado: rico materialmente como nunca antes lo había estado, donde la riqueza se acumula sin medida ni vergüenza, mientras que  los pobres y  una clase media asfixiada y angustiada crece en número y en desesperanza,  que en su zozobra y rabia creciente empieza a escuchar voces, generalmente individuales, de sus presuntos salvadores; voces  que gritan lo que ellos sienten y que buscan canalizar sus miedos e inseguridades, frente a  un mundo que les es hostil y en el cual no pueden acomodarse,  como si para ellos no hubiera lugar.

Y esa situación ha tenido sus distintas expresiones nacionales: Trump, el Brexit inglés, el juego doble de Álvaro Uribe entre nosotros, el chavismo venezolano, el ascenso de los populismos europeos – francés, holandés, austríaco, húngaro, español… -.  Son aparentemente diferentes, los hay de “izquierda” pero sobre todo de “derecha”, pero con un fondo común: la  indignación ciudadana frente a unos partidos incapaces de convocarlos para enfrentar un escenario económico amenazante y sin control político, donde los intereses económicos crecientemente concentrados e internacionalizados bajo la égida  del capital financiero (“Wall Street” en la simbología norteamericana) que acabaron por mangonear y mandar  no solo la política sino la vida de las personas, aquí y en Cafarnaum.

La alternativa a esa  política es el autoritarismo  recubierto  con una engañosa capa tejida con los hilos del populismo y de un nacionalismo hirsuto y xenófobo, que baila al son ideológico  que más le convenga, eso sí, sin perder nunca su alma autoritaria. Su acogida popular la  refuerza  con  la engañosa bandera de la anticorrupción, al  aprovechar la indignación ciudadana que  a lo largo y ancho del planeta despierta la descarada corrupción que se apoderó de unos estados, cada vez más debilitados e impotentes, como consecuencia del afán neoliberal de reducirlos a su menor e inofensiva expresión pues, según contundente expresión de Ronald Reagan, el Estado sería el problema y no la solución. Eso sí, gobierno populista  y corrupción van de la mano, como lo atestigua más de un ejemplo en nuestro vecindario.

Autoritarismo que es moralista en la onda del fundamentalismo cristiano,  principalmente de  las iglesias protestantes evangélicas. Es un moralismo profundamente reaccionario, antimoderno, enemigo de las diferencias y de las libertades individuales. Autoritarismo que busca defender la pureza de “los escogidos” de sus enemigos, sean estos simples forasteros o negros, imperialistas o  comunistas.

Un poco en todas partes  se asiste a una crisis de fondo de la democracia representativa y de los partidos,  sus principales actores y responsables. Un vacío político que buscan llenar líderes autoritarios con un marcado sabor populista, mesiánico y carismático que, en medio de sus diferencias, como son Uribe y Chávez, son  distintos y a la vez  parecidos en la manera de afrontar al ciudadano (“al pueblo”), y de ejercer el poder. Un escenario, que en el caso colombiano se dinamiza con  el asunto del conflicto armado y de su solución política, que pone al desnudo el enorme desgaste de las fuerzas políticas de todos los signos, en momentos en que la coyuntura como pocas es  y reclama política. Se vive la incapacidad de poner en el centro de la situación a la paz como la tarea nacional. Está claro sin embargo que la política colombiana  será otra, aún no definida, cuya partera será el proceso de la construcción de paz que es ante todo uno de invención de la política.

Es notoria la ausencia de los partidos en esta circunstancia  le dejan libre el escenario, ojalá no al autoritarismo de cepa uribista, ni al oportunismo santista, sino a expresiones nuevas surgidas de una ciudadanía que podría entrar con independencia partidista a conformar nuevas realidades políticas. El vacío no puede dejársele al populismo sea de derecha o de izquierda.

 

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