Iván Duque: así fue su histórico triunfo en las elecciones presidenciales

hace 51 mins
Por: Carlos Granés

Dilemas ético-estéticos contemporáneos

Aunque la noticia no es nueva, en días recientes ha vuelto a surgir la indignación por la sucia treta que montaron dos genios del arte, Bernardo Bertolucci y Marlon Brando, a Maria Schneider al filmar uno de los pasajes más famosos de El último tango en París.

Como se sabe, la escena en la que Brando emplea una barra de mantequilla como lubricante sexual no fue consensuada. La joven actriz ignoraba lo que iba a ocurrir durante el rodaje. Bertolucci no quería que Schneider fingiera la humillación, sino que reaccionara como una niña aterrorizada ante el ultraje. Más realismo imposible. El arte y la vida se fundían. Una agresión real entraba a formar parte de una obra de ficción. 

Este incidente reaviva algunas pregunta: ¿vale todo en el arte? ¿La creación artística está más allá de las valoraciones éticas? Tomemos otro caso. El artista Santiago Sierra denuncia la explotación capitalista de los marginados reproduciendo aquello que critica. Hace que prostitutas e inmigrantes se sometan a situaciones denigrantes para que el público, mediante una estrategia de shock, abra los ojos ante la situación de los marginados. ¿Se puede combatir la explotación con más explotación?

Abordado desde la ficción, variaciones de este dilemas aparecen en dos películas recientes. La familia Fang cuenta la historia de una pareja de artistas conceptuales que decide incluir a sus hijos en sus performances. Sin saber muy bien lo que hacen, los dos niños acaban participando en eventos disruptivos que, mediante la sorpresa, pretenden interrumpir la vida cotidiana para que los inadvertidos espectadores se den cuenta de la banalidad de su existencia. Años después, plenamente adultos, los dos hermanos advierten que fueron simples instrumentos de la genial o perversa inventiva de su padre.

Algo distinto, aunque emparentado, ocurre en la película Captain Fantastic, protagonizada por Viggo Mortensen en el papel de un ermitaño contracultural, padre de seis hijos a los que educa para que se conviertan en reyes filósofos, políglotas y atletas, radicalmente críticos con el sistema y capaces de argumentar con más solvencia que un juez de la Corte Suprema. Todo esto, sin embargo, en medio del bosque, al margen de las instituciones y de cualquier experiencia que implique relacionarse con gente diferente. Los hombres nuevos que crea, moldeados a su propia imagen y semejanza, son genios, obras de arte incontaminadas que sin embargo carecen de cualquier conocimiento social.

Todos estos ejemplos, unos reales, otros fantaseados, comparten un elemento común: privilegian el arte sobre la vida, o, lo que es igual, fuerzan, retuercen y amoldan la vida para que encaje en los parámetros del arte. El arte, como entidad autónoma, no puede ser juzgada en términos éticos. No se llega a ningún lugar preguntándose si un cuadro o una novela es moral o inmoral. Pero ¿qué ocurre cuando la vida, que sí se rige por estos códigos, hace parte de la obra? ¿Se puede humillar a una actriz para conseguir una obra maestra? ¿Se puede abusar de un inmigrante? ¿Se puede instrumentalizar la vida de los hijos? Cuando el arte y la vida se confunden, el primero pierde la autonomía conseguida. Vuelven, inevitablemente, a primar los códigos éticos que rigen la vida. En la imaginación todo vale, no así en la vida.

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