Por: Melba Escobar

Disfraces

El Halloween siempre me ha parecido una fiesta extraña.

No entiendo el propósito de disfrazarse, salir a pedir dulces a los gritos, acumular en bolsas de tela y plástico cantidades escabrosas de glucosa, caries e hiperglicemia en la sangre. Lo más confuso es que la fiesta es organizada por los adultos. Los mismos adultos que el resto del año le tememos al dulce, a su capacidad de alterar a un pequeño hasta el descontrol, producir migrañas o debilitar el sistema inmunológico. Algunos recuerdan su asociación con el cáncer, otros van más allá y no le dejan probar a sus hijos el sabor de una gomita, una chocolatina o un masmelo por “su propio bien”. Pero el día de Halloween todo cambia. Las cantidades son motivo de competencia y los dulces nunca parecen demasiados mientras el niño de al lado tenga más. Recuerdo esa ansiedad. En mi infancia solía llevar la bolsa vacía, entre chicos que acumulaban con frenética energía arrojándose ruidosos y seguros a las puertas de las casas de donde sorpresivamente lo mismo podía asomarse una bruja o un rockero a abrir la puerta mientras manitos diminutas arrasaban con pasión. 

El solo recuerdo me pone ansiosa. Alguna vez fui una mariposa y muchos años seguidos un regalo, envuelta en una caja de cartón forrado en papel con la que apenas podía moverme. Sin embargo entonces el miedo no estaba en los disfraces de los otros, más bien en esa dinámica predadora de competir a los empujones. Recuerdo atragantarme con el escaso puñado de dulces que alcanzaba a recoger. No sé qué pasaba con otros niños que llevaban dos y tres bolsas. Como tantos otros, ese recuerdo se esfumó en el tiempo hasta que el fin de semana en un centro comercial me topé con una jauría de princesas y súper héroes, algunos de ellos tan monstruosamente temibles que me pregunté cómo habría hecho la niña que fui para sobrevivir con mi bolsa vacía entre esa manada de monstruos con hachas en la cabeza, garras en las manos, guantes de boxeo, máscaras verdes y armas letales. Las niñas, quizá sobra decirlo, iban vestidas de princesas. Unos pasos atrás de Superman y el Hombre Araña, la princesa Ana iba con su bolsa entrando a un almacén. La voz baja, el paso vacilante. Quise decirle que todo iba a estar bien. Luego me pregunté qué me perturbaba tanto de esa escena y fue recordar mis propios “Días de los Niños”, así como volver la vista sobre esta prematura parodia de la guerra de los sexos orquestada por adultos.

Pensé entonces que quienes actuamos sorprendidos frente a las desigualdades de género y salimos a marchar con pancartas en un gesto de repudio contra el machismo, somos quienes, a menudo sin darnos cuenta, reproducimos la desigualdad.

Tal vez nos hace falta observar más de cerca todo eso que nos resulta evidente. Tal vez ahí, en los juegos, los cuentos, en la forma como dirigimos la atención de las niñas a un lugar y de las niños a otro, en la manera como orientamos sus intereses y reacciones, está la semilla de esas desigualdades entre hombres y mujeres. Como dice la filósofa española Ana de Miguel, hay que ir más allá de condenar y apoyar a un movimiento u otro, hay que descifrar cómo se reproducen esas desigualdades, comprender de donde viene la fuente de su legitimación, y entonces podremos comenzar a cambiar.

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