Por: Laura Juliana Muñoz

“Doctor Kafka”

Sólo quien vive rodeado de anaqueles de letras, libros que no son muro sino puerta, podrá hacer antologías de casi cualquier tema, menos de Nadaísmo y deporte, en su vieja máquina de escribir.

Su hija, Paloma, las pasará al ordenador y el perro, Tabaco, ladrará “desde las praderas del cielo” para interrumpir el verso, o al menos para inspirar uno. Sólo quien haya publicado su Poesía reunida (Tusquets) se declarará incompetente para los puntos finales y, “acorralado en su cueva” de lomos en imperfecto orden, escribirá un retrato de Kafka en cuartetos, quintetos y demás, para hablar de sus empleos mediocres o sus sueños “con tumbas de cuyas lápidas el nombre se borraba”.

Lo llamará Doctor Kafka (Letra a Letra), y no repetirá un solo acontecimiento que algún biógrafo haya mencionado. Hablará, más bien, de “esa pulsión interna de una mirada al contorno de unos labios”, de ese “impulso caótico hacia otro ser que descubrimos en la ignorancia pero también en su fascinación indomable”. Y así como Kafka, su propio poema brotará de la enfermedad.

“¿Son acaso los libros la vida?”, se preguntará aquel poeta mientras abre la última edición impresa de la revista Playboy. Sí, en lo mundano y en la risa también está la belleza. De todas formas, este libro no pesa nada. Sólo carga con las palabras necesarias “para acompañarte en tus silencios y quizá en los rezos. El poema también es plegaria”.

Interrumpe alguien: Kafka, sí, pero ¿por qué doctor? Tal vez para que nos recete algo de homeopatía poética: “Para la irritación de la nariz un perfume llamado ángel o demonio”, “Para el viaje (y el retorno) el perdido anillo de una madre”.

Aquel poeta dirá que no es poeta sino lector y por eso remediará las ausencias que subsisten en la casa de la poesía con el número de teléfono de Gonzalo Rojas, las cartas de Cernuda, los gatos de Monsiváis, las dedicatorias de Apollinaire. Porque, claro, este poemario no sólo es de Kafka.

Pero de este autor, ¿quién dirá, al fin, su nombre? Será Álvaro Mutis, desde otra galaxia quizá más plácida, en el prólogo de este libro: “La poesía de (Juan Gustavo) Cobo Borda dejó muy pronto ese ejercicio de ensañamiento en nuestra colombianidad y (…) se metió de pronto por las regiones del placer y del olvido”.

Así vamos a terminar este libro con el contrato de prestación de servicios de una musa o una visita al teatro de Casanova, en honor al placer y a la malicia, que “con un rápido arreglo podrá hundirse de nuevo en el enigma del deseo, en la nueva carne que lo reconcilia con la nada”.

[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Laura Juliana Muñoz

Celebrar la presencia

Luces nocturnas

Necesarios como los lobos

Comer luego existir

La legión de los cazadores de sueños