Por: Gonzalo Silva Rivas

Dolor y dólares

Recientemente causó malestar en Medellín la propuesta de una agencia de viajes que ofrecía un paquete turístico local, amarrado al tema del narcotráfico.

Su principal atractivo era seguir con sus clientes las huellas dejadas por la mafia en una ciudad que aún conserva el recuerdo de sus heridas, y compartir macabras tertulias con Jhon Jairo Velásquez, alias Popeye, el controvertido jefe de sicarios de Pablo Escobar, ya liberado de prisión y experto conocedor del llamado “narcomundo”.

En tanto que las autoridades reaccionaban e investigaban la legalidad de la empresa, vinculada comercialmente a intereses puertorriqueños, una creciente ola de indignación se desató entre los habitantes, que aún sienten la pesada imagen de atmosferas cargadas que ronda sobre esta capital de la Eterna Primavera, tras dos décadas de positivas transformaciones y de grandes esfuerzos sociales por recobrar la esperanza. 

De un tiempo para acá el narcotráfico y otras actividades delictivas vienen oxigenando una tendencia turística que empieza a desarrollarse y a moldear un nicho que devora a bocanadas significativos porcentajes del mercado. Se trata del turismo negro o de dolor, sobre el que se adelantan estudios científicos hace un par de décadas -sin llegar a conclusiones contundentes- para determinar las causas que motivan el comportamiento de ciertos sectores de la sociedad que satisfacen emociones a través de episodios de muerte y de violencia.

Esta curiosa modalidad turística, tan ajena a los principios básicos de una industria del confort, la diversión, el descanso o el reencuentro con la naturaleza, no perdona límites geográficos ni provoca consternación generalizada. Los campos de exterminio nazi son populares epicentros para viajeros, y su principal referente, el complejo de Auschwitz, donde murieron asesinadas más de un millón de personas, registra temporadas por encima del millón y medio de visitas. La Zona Cero, como se denominó en Nueva York el escenario del terrible atentado terrorista de 2001 -que causó 2.992 víctimas- atrajo dos millones de visitantes durante los diez meses siguientes a aquel aciago 11-S. 

En México, donde el narcotráfico atraviesa por una atapa de esplendor, la propuesta viene en alza y ofrece las facetas más variadas. Incluso ciertas zonas rojas, en las que reina la ley del silencio y los ajustes de cuentas son noticia, atraen turistas deseosos de convivir entre hechos de violencia y conocer testimonios de víctimas y protagonistas. Un reciente informe policial reveló que este segmento genera en el país ingresos equivalentes a la cuarta parte de lo que producen las tradicionales ofertas de playa en baja temporada.

Son muchos los ejemplos de destinos que estuvieron envueltos en la tragedia, el crimen y el dolor y hoy estimulan y despiertan interés turístico. La Central Nuclear de Chernóbil, en la actual Ucrania; la Estación de Atocha, en Madrid; el Museo del Genocidio de Choeng Ek, en Camboya, y el del Sexto Piso de la Plaza Dealey en Dallas -que documenta el asesinato del presidente John F. Kenedy-, e incluso la humilde barriada londinense de Whitechapel, en la que diariamente se repasan los lúgubres itinerarios de Jack el Destripador.  

Colombia fue punto de encuentro del llamado Pablo Escobar Tour, promovido durante varios años por una conocida agencia de viajes latinoamericana, que ofrecía recorridos por lugares emblemáticos que marcaron la azarosa vida del narcotraficante. Y lo ha sido de clandestinas travesías por cultivos ilícitos y cocinas de cocaína mimetizadas entre las frondosas selvas que bordean la Ciudad Perdida. El calamitoso Bronx, en el corazón del país, símbolo de la delincuencia organizada, convocó a millares de viajeros, que en alardes de supervivencia confrontaron a la muerte y consumieron del sufrimiento humano. 

La irresistible fascinación de ciertos turistas por relacionarse con lugares y relatos marcados por el fanatismo y la tragedia seguramente incrementa la percepción de violencia sobre los destinos, pero también permite rescatar aristas positivas. Repasar escenarios de violencia contribuye a somatizar los traumas sociales sufridos por un colectivo poblacional, valorar la vida y aprender de la adversidad y de los errores para no repetir la historia. Y para los destinos sobresaltados -después de tanto sufrimiento- se abre una nueva fuente de divisas y de paso se facilita la transición entre el dolor y los dólares.

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@Gsilvar5

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