Por: Diana Castro Benetti

Dulce dulzura

Le clavamos una estaca a la dulzura.

La rociamos con veneno y alacranes para dejar que sean las agresiones, las cobardías, las guerras y los miedos los que gobiernen todos los minutos y los ánimos de los amigos.

Vivimos convencidos de que el poder es hablar más fuerte o insultar como monstruos malolientes alimentados de resentimientos y venganzas. Por las pequeñeces de la ambición, todo se justifica. Se le pega a la puerta, al más flaco, al más inteligente, al más gordo, al más viejo, al más débil. Se le pega a la niña. Cada día renace la ponzoña, la pus salta de vocal en consonante y la perfidia alcanza a los más inteligentes. Empujar es el lema en el bus, la iglesia, el colegio y el trabajo. Empujar al otro y, a veces, acelerar su abismo.

En las noches reina la depredación y en la mañana se escoge la mueca agria del furibundo, orgulloso de su título, de su posición, de su talento, de su belleza, de su manoteo agreste y obsceno. Todos los días hay quienes prefieren el camino de la dureza, sobre piedras y fuego, para cerrar los puños, apretar los labios y sofocar el corazón. Gana la amenaza sobre la razón.

Pero, por un instante, también es posible escoger el camino suave y fluido y prescindir de las provocaciones o hacerles el quite a los codazos y escurrirse de los pellizcos. Es posible alejarse de los impulsivos, de los impacientes, de los chillones y, especialmente, de los energúmenos. Es casi tarea de sabios caminar cerca de la dulzura en silencio para observar con ojos de inocencia y desde lejos las acrobacias de los envidiosos y los quejicas.

Y es que la dulzura está muy lejos de ser la idiotez de los débiles. La dulzura es para los que construyen con simpleza desde la colaboración, es para los que tejen relaciones desde la escucha de los excluidos y para los que defienden con dedicación las causas de los más vulnerables. La dulzura, lejos de ser la cenicienta de las virtudes, es la fuerza con la que se les contienen las fauces a los depredadores para reducir su hambre. Llenar el mundo de exageraciones, de empalagos, de abrazos y de besos interminables es la salida digna de los románticos, de los dulzones, de los que nunca le temerán el ridículo. Es saber que el respeto es poder, que la paciencia da sus frutos y que la vida no merece ni un pensamiento para la podredumbre. La dulzura es el niño que juega, la madre que ama, la vida que fluye. La dulzura es una cometa en el parque, un sol que calienta, un gato que ronronea. La dulzura es esperar un amor en la esquina, una flor con aroma, un dulce de leche. La dulzura es canto, quietud, poesía, color, música, aire, silencio, agua, dibujo, afecto. Nos merecemos la dulzura aunque algunos en el mundo sueñen con asesinarla.

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2017-02-03T22:00:00-05:00

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Dulce dulzura

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