Por: Hernando Gómez Buendía

El acuerdo del Colón

Decía mi abuela que Dios escribe derecho con líneas torcidas. Y es verdad: la ineptitud de nuestros dirigentes acabó en un resultado menos malo de lo que ellos mismos habían programado.

La ineptitud de Santos y Londoño consistió en arriesgar la paz a un plebiscito innecesario y absurdo. Y a esto se sumó la cobardía moral de los millones de personas que se auto-escondieron el hecho de que votar por el “No” era votar “sí” a la guerra. Pero aquel Dios que todo lo endereza hizo que en vez de volver a la violencia se llegara a un acuerdo corregido que el Gobierno y las Farc firmaron sin más vueltas.

Por supuesto que hubo un gran conejo a los de “No”. La promesa de Santos era que el pueblo diría “la última palabra”, y esto implica alguna de las formas de democracia directa que el Gobierno y sus amigos sopesaron durante años (referendo, plebiscito, consulta…). El cuento de que el Congreso también emana del pueblo o de que tuvo más votos que los del 2 de octubre es apenas otra falta de respeto a ese pueblo soberano.

La verdad es más sencilla: ni Santos ni Londoño pueden correr el riesgo de aquella “democracia” que exaltaban, y por eso se inventaron el remedo insensato e inútil de la “refrendación” en el Congreso. Es insensato porque en vez de “refrendar” el Acuerdo, se trata de “refrendar” un hecho que ya sabíamos: que el Gobierno es mayoría en el Congreso. Y es inútil porque este pupitrazo no añade legitimidad política ni fuerza jurídica a la firma que ya estampó el presidente.

De modo pues que no hubo el “acuerdo nacional” que exigían los del No, que Santos ofreció, y al que aspiraban tantos despistados. No hubo acuerdo nacional porque no podía haberlo: todo pacto de paz es una transacción, por esencia compleja y discutible, entre los jefes de los ejércitos enfrentados, que por lo mismo tiene que dejar descontentos en los dos bandos y en especial a los extremos de lado y lado.

Y sin embargo los cambios en 56 temas y 90 páginas del Acuerdo recogen voces de muchos sectores, y en este grado apuntan al “acuerdo nacional”. Estos cambios son el fruto de las pujas entre poderes reales, y por eso en esencia consistieron en tres cosas: en recortar las ventajas judiciales y políticas de las Farc; en reforzar la impunidad para los crímenes de la contrainsurgencia, y en limitar jurídica y fiscalmente el alcance de las reformas que benefician al pueblo. Es el país que tenemos.

Pero Uribe quería más. Y en todo no tiene ninguna otra cosa de qué hablar: por eso mantendrá su cantaleta del “narcoterrorismo” para las elecciones de 2018, al mismo tiempo que Londoño propone nada menos que “un gobierno de transición”. Los extremos se juntan en querer frenar el tiempo o en que sigamos hablando eternamente de una guerra que pasó. Gracias a Dios.

Y es porque nadie sabe de qué diablos hablarán nuestros políticos ni cómo diablos ganarán las elecciones cuando se acaben las Farc.

*Director de la revista digital Razón Pública.

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