Por: Ignacio Zuleta

El agua como capital y la capital del agua

La caminata loma arriba por la reserva de Rioblanco en Manizales es remontarse a los orígenes del agua.

La reserva, un bosque andino que produce el 40 por ciento del líquido de vida para la capital de Caldas, es solamente uno de las multiples “criaderos” de agua de la ciudad. Los manizaleños, y en general los caldenses, llevan ya por lo menos tres generaciones pensando en reforestar las cuencas y en adquirir terrenos en los que antes había lotes yermos robados a la exuberante vegetación originaria para poner a pastar tres vacas melancólicas. Allí la fauna, que aún se encuentra en la reserva, prosperaba sin peligros en los bosques.

El guía es un niño de la vereda, informado y locuaz, que en los fines de semana acompaña a los visitantes de este eco-parque en donde se produce el milagro de la fábrica de agua en los bosques de niebla y en los páramos.

El milagro de materializar el agua “vegetal” es una alquimia preciosa: “La hoja de la planta se tiende amplia con su haz mirando con deseo a las nubes que pasan o se posan. Hace un ruego: dame agua. La nube seducida se acerca y roza la superficie de la hoja con su lomo, o la cobija. Ese amor se condensa en tres moléculas, que fusionan moléculas afines a los clamores de hidrógeno y oxígeno, hasta crear la gota primordial que por su peso rueda por los tallos, se escurre por el tronco, cae en la tierra que vestida de musgo receptor, recibe con gratitud ese regalo, hasta llenar los odres y echarse luego a rodar por la colina, por las primeras venas benditas de la tierra, hasta encontrar el río o descansar en forma de laguna en donde puede aspirar a ser la nube una vez más, o continuar su curso hasta la unión final con el cauce que el cosmos le tenga destinado”.

Que la sabia tendencia en Manizales sea la de conservar los bosques va en reverso con la tendencia general del colombiano de “limpiar el monte” y “hacer mangas”, a la estúpida usanza de la colonización original, propiciada por el Estado con las leyes del antiguo Incora y perpetuadas dolorosamente hasta hoy en las zonas de penetración en el Chocó, el Amazonas o la Orinoquia.

Lo cierto es que cuando se ha creado una cultura del agua como la caldense, se recobra la esperanza. Cualquiera que haya estudiado el estado del agua potable en el planeta comprenderá que el verdadero capital de una región y de un país es el agua, cada vez más escasa y preciada. Los manizaleños saben por instinto que están sentados sobre el más grande tesoro de un país en este momento crucial de la historia de la especie. No hace mucho tuvieron dificultades paradójicas con los dos acueductos principales y eso sirvió de acicate para redoblar los esfuerzos regionales en la preservación de las cuencas de esta cordillera privilegiada.

Desde luego, ante la general corrupción de los políticos y el desastre histórico del gobierno Santos en el manejo de la minería que nos llenó de mercurio nuestras fuentes, la academia juega un papel fundamental. Manizales será no solo una ciudad universitaria, el cerebro del eje cafetero, sino la verdadera capital del agua.

 

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