Por: Juan David Zuloaga D.

El año nuevo

Dos fechas en el año, sobre todo, señalan el inexorable paso del tiempo. El de los relojes es constante, uniforme, obstinado. Pero el de las personas no lo es, y casi nunca se pliega a ese vaivén monótono que marca el transcurrir ordenado de los minutos.

Pese a la manera única y personal en la que se vive y se experimenta el tiempo propio, hay dos fechas que nos sacan de la cacofonía intermitente de los segundos, que marchan obedientes y que nos despiertan de esa inconsciencia con la que, la mayor parte del año, dejamos pasar el tiempo. Tales fechas son el cumpleaños y el año nuevo. Y pareciera que su fin y su obligación son recordarnos que la vida sigue (pese a que la rutina o la pereza quieran negarlo) y que se ha cumplido un ciclo. Y esas dos fechas sellan el período que se cumple y espolean el espíritu y nos llaman al orden; esos dos días son, para todas las personas y en todas las culturas que tienen conciencia del paso del tiempo, las que marcan el inicio de un nuevo camino, de un nuevo derrotero, de un nuevo propósito. Hay otras que sirven también de hitos en el camino: la culminación del semestre o del año escolar para los estudiantes, el término del contrato laboral para los empleados, etcétera, pero quizá ninguna marca un hiato tan definitivo como las dos fechas comentadas.

Ahora, ad portas ya de terminar el año, se viven los últimos días del calendario con cierta inconsciencia y despreocupación. Como si las labores que no se hubieran llevado a feliz término debieran aguardar al año que viene para encontrar mejor ocasión o mejor disposición para acometerlas y llevarlas a feliz puerto. Contribuyen a ello las fiestas de todo género que pululan en diciembre, los encuentros con familiares y amigos y el vaciarse paulatino pero constante de la ciudad que nos deja un silencio no habitual en la vida ordinaria de las ciudades. Ese silencio y esa soledad, por un lado, y la algarabía de las fiestas decembrinas en las que cada quien cuenta cómo le fue en al año, por otro, obligan a que cada quien haga un balance solitario, silencioso y honesto. Y se escribe una tabla en la memoria de lo hecho y lo por hacer, de lo bien hecho y lo por mejorar, de los pequeños triunfos y los grandes fracasos, de los anhelos secretos y las promesas incumplidas... Y vienen entonces días de nuevos propósitos, de grandes proyectos que deberán llevarse a cabo, sin peros y sin dilación, el año que viene. “Porque este año sí”, “porque este año es el de la vencida”. Y así se pasa el mes de enero, debatiéndonos entre los objetivos propuestos —que suelen ser ambiciosos nada más comenzar el año— y las fuerzas de que disponemos para llevarlos a cabo. Y así, también, pasan los días; mudos, rutinarios y monótonos, entre objetivos propios y pequeñas luchas personales, que son las del vivir; así pasan hasta que el cumpleaños o el fin de año nos vuelven a cimbrar. Así una vez tras otra, así un año tras el siguiente... para volver a comenzar.

Ojalá tengan un feliz año, que buenos propósitos tenemos todos.

@Los_atalayas, atalaya.espectador@gmail.com

 

 

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