Por: Aura Lucía Mera

El bache, Santos y el despelote

Hasta mediodía del viernes todo transcurría normalmente en el aeropuerto Rafael Núñez de Cartagena.

Arrimé al mostrador, me confirmaron que el vuelo a Cali estaba puntual y que pasara directamente a la sala de espera, que llamarían en unos diez minutos. De pronto, en lugar de llamar a bordo, apareció un letrero que decía “Retrasado”. Me acerqué y la niña, joven, señora o marioneta de Avianca, respondió que acababan de descubrir unos baches en la cabecera de la pista y que los iban a reparar.

Huelga decir que durante toda la mañana habían aterrizado y despegado aviones sin ningún contratiempo. Describir el caos que se fue engendrando con el pasar de las horas sólo lo podría hacer un escritor especializado en novelas de terror. El aeropuerto se fue llenando como una lechona rellena y llegó un momento que ni en la sala VIP ni en las corrientes ni a la entrada cabía una aguja. El panorama era de hormiguero pisado. Cada cual deambulando de un mostrador a otro, o sentado en el suelo. Nadie informaba nada. Las supervisoras decidieron esconderse en las oficinas para no dar la cara; varios vuelos fueron cancelados sin anuncios respectivos.

El cuento del bache no se lo cree nadie. El avión presidencial con Santos y su gabinete a bordo aterrizó normalmente —se trataba de clausurar el Congreso de la Andi— y posteriormente decoló sin problema, dejando atrás un despelote de padre y señor mío. Los pasajeros de la una y media de la tarde nos quedamos ocho horas mirando la pantalla, sin almorzar ni nada, leyendo como imbéciles los avisos que aparecían, donde se retrasaba el aparato “media horita más”, hasta que a las ocho de la noche alguien nos dijo de sopetón que lo habían cancelado. Las empleadas de Avianca, hieráticas, inexpresivas, mudas, con la mirada extraviada en las computadoras, sin poder decidir absolutamente nada.

Sé que la culpa no es de la aerolínea. Pero hasta cierto punto. Ningún representante con autonomía, conocimiento, manejo de imprevistos y liderazgos apareció. Todo lo dejaron al garete, en manos de esas niñas muy peinadas, muy arregladas, muy maquilladas, sin ninguna experiencia, y a nadie con un dedo de frente se le ocurre súbitamente bachear un trozo de pista en víspera de puente festivo, permitiendo solamente el aterrizaje y despegue del avión presidencial, a menos que se tengan torvas intenciones, lo cual no creo fuera el caso.

A las funcionarias de los counters no las contrata directamente Avianca; son tercerizadas. Las obligan a trabajar como a mulas rucias, hasta el agotamiento, y las despiden de un día para otro si les da la gana. Avianca se lava las manos y dice que no pertenecen a su empresa. ¿Quién responde? ¿Quién las capacita?

No tiene justificación alguna el que por “un bacheo” repentino se trastoque toda la programación aérea del país, porque este incidente repercutió en Medellín, Bogotá, Barranquilla, Pereira, y todos los que tenían conexiones internacionales las perdieron. ¿Quién responde? Nadie. El jabón Pilatos está a la orden del día.

Posdata: Respeto por todas las identidades sexuales. Se necesita educación. Jamás he sentido atracción sexual hacia otra mujer, pero respeto la identidad de cada ser humano y jamás se me pasaría por la mente ningún tipo de señalamiento o discriminación. Seguimos en la caverna. Toda mi solidaridad con la ministra Gina Parody.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Aura Lucía Mera

¡Tristeza!

¡Alucinante!

¿Qué buscamos?

Había una vez...

¡Se buscan!