Por: Aura Lucía Mera

El cañonazo del Hay

Vi la programación. ¡No podía dar crédito! Creí que alucinaba.

Jamás me he perdido un Hay Festival en Cartagena. Soy libroadicta y asistir a esos conversatorios y pasar tres días solamente hablando de libros, haciendo colas interminables para escuchar a los escritores, verlos pasearse por el Santa Clara, o sentados en esos sillones de mimbre, nerviosos como toreros antes de salir al ruedo, indignarse año tras año con las preguntas ininteligibles de los asistentes, reunirse con los amigos y compinches de libros en la Plaza de Santodomingo, regresar agotada por la noche y continuar leyendo para conocer más sobre los autores invitados y madrugar al otro día a patonearse esas calles empedradas del Corralito de Piedra, indecisa de a cuál evento asistir, es una experiencia que no me canso de repetir.

Cada año la programación es selecta y pesos pesados pasan por el Adolfo Mejía (me gusta más el Teatro Heredia). Recuerdo a Ian MacEwan, Philippe Claudel, Fontanarrosa, Herta Müller, Trueba, Jon Lee Anderson... entre tantos otros que dejaron una huella imborrable.

Sin embargo, esta programación para finales de enero del 2017 me ha dejado sin aliento. Para mí constituye una bomba atómica de neuronas, estilos literarios, experiencias y calidad que estalla en pleno cerebro y lo hace volar de ilusión y felicidad.

Es un regalo a la mente y al espíritu poder escuchar a Henry Marsh, el famoso neurocirujano inglés, autor de Ante todo no hagas daño, donde nos cuenta su vida, sus experiencias, sus fracasos y éxitos, sus duelos íntimos, su sufrimiento al decidir entrar con el bisturí al cerebro, su grandiosa humildad y su sabiduría.

James Rhodes, escritor y pianista, con su libro Instrumentales, vetado por su crudeza al describir la violación de la que fue víctima a los cinco años por su profesor de gimnasia, durante años, su trauma, sus intentos de suicidio, su adicción a las drogas y al alcohol y su sanación espiritual a través de la música de Chopin, Beethoven, Mozart.

Joel Dicker, autor de libros irrepetibles como El libro de los Baltimore y La verdad sobre el caso de Harry Quebert, escritor franco-suizo con un sentido del humor único y una prosa envolvente.

Ricardo Siri, Liniers, el historietista argentino; el libanés Hisham Matar, cuyo padre fue secuestrado y desaparecido cuando él tenía 19 años y jamás volvió a tener noticias de él, con su obra magistral Solo en el mundo.

Simon Sebag Montefiore, autor de Jerusalén, Una noche de invierno, Los Romanov, Llamadme Stalin, todos ellos éxitos rotundos por la profundidad y rigurosidad investigativa, cuya vida también es una historia única: descubriendo que en sus orígenes judíos-sefarditas, una antepasada española, judía, conversa de apellido, Carvaja, fue condenada a la hoguera de la Inquisición. Ese descubrimiento marcó su vida para siempre, porque la historia de su familia fue la historia de la supervivencia.

Maylis de Kerangal, francesa que imprime a cada uno de sus libros la fuerza desbocada de una locomotora, escarbando hasta las entrañas vivenciales en cada una de sus obras. El nacimiento de un puente. Reparar a los vivos, que nos lleva a mirar hacia la muerte, o El camino de la culinaria donde, con la pulcritud implacable de un cirujano, nos muestra el verdadero microcosmos que existe en el interior de un restaurante: humillaciones, tensiones, agotamiento, disciplina, jerarquías y rigor.

Estos son algunos de esos “platos de letras” que nos ofrece el Hay. Yo ya empiezo a saborearme y a contar los días que faltan. En próximas columnas me extenderé sobre algunos de esos escritores, ¡cada uno de ellos también con una historia personal alucinante!

Felicitaciones anticipadas. Un cartel con las mejores figuras de las letras a excepción, y me perdonan, de Vargas Llosa, que pasó a ser protagonista de la revista Hola y se olvidó de sus “cachorros”. Sobra esta cereza en la crema.

Posdata: También los carteles taurinos de Cali, Manizales, Medellín y Bogotá están inigualables. Gracias, Felipe Negret, por ganar esa batalla absurda y podrida. Imperdonable que Ponce y otros “figurines” no hubieran estado a la altura de la temporada de la libertad.

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