Por: Juan David Ochoa

El caso Arias

La captura de Andrés Felipe Arias en la misma fecha de la terminación de los acuerdos no resulta simplemente coincidencial; es otro de los juegos rocambolescos de la ironía del tiempo que vuelve a conjugar las causas, los sustentos y las razones mismas del conflicto que termina en el mismo ciclo en que termina la fuga del último detonador del drama central de la matanza: el agro.

Fue el campo la zona protagónica de toda la historia de esta ráfaga, no hace falta repetir los detalles precisos de una perogrullada. Fueron ellos, los campesinos labradores de una economía tribal los que construyeron las bases sólidas de una idiosincrasia y de un sustento nacional controlado por los potentados que los invisibilizaban cuando los productos los reemplazaban en trascendencia, y fueron ellos los que recibieron el primer golpe de una guerra que empezó en el monte para siempre, cuando el desmadre clasista rebasó la insania, y fueron las víctimas triplicadas de los bandos que aparecían en el tiempo con un nuevo argumento para pacificar la historia, y fueron ellos, después, cuando el peso de la conciencia parecía influir en una reivindicación tardía, quienes recibieron de nuevo la deshonra: el dinero que quería repararlos terminó en las manos del mismo sector que los revictimizó, con la bendición del propio Ministerio de Agricultura, sobre todos los asombros, frente a todos los focos.

La insolencia caricaturesca de Arias hizo más turbia la historia que parecía no tener otro nivel de desborde. El ministro era un defensor a ultranza de las altas esferas de la industria sin miramientos a los suburbios, donde la humanidad cultivaba sin pausa aunque tuvieran que enterrar sus muertos entre los listados anónimos de una guerra sin definición, de baja intensidad y sin desgaste en la atención de las ciudades ocupadas que pudiera exigir un fin de hostilidades a corto plazo. La guerra siempre estuvo en otro lugar aunque bombas extrañas estallaran de vez en cuando en los centros y confundieran la serenidad.

El ministro se fugó cuando encontró la grieta que la justicia ordinaria abre tradicionalmente en confianza a delincuentes no tradicionales, la misma por la que se fugó Luis Carlos Restrepo, el director de performances para mercenarios.

No resulta simplemente coincidencial que esta historia saturada en surrealismo termine las negociaciones de paz, con el punto crucial del agro acordado y la reinversión del concepto del campo definida junto a su reparación, el mismo día en que capturan en Miami al último dinamitador, al cerebro de la estafa que indicaba que esta historia fue más que un conflicto de tierras arrasadas y partidos perseguidos.

17 años le esperan en Colombia al ministro estrella del partido que hizo de la crueldad histórica la catapulta para revictimizar a los muertos. El uribismo se despide de la historia sin aceptar jamás que alguna vez existió un conflicto, y que fue el mismísimo Estado, el engendro ilustre,  que pudo entenderlo y superarlo, sin ellos.

 

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