Por: Ricardo Bada

El centenario de Cela (*11.5.1916)

Un centenario que ha pasado poco menos que inadvertido es el de Camilo José Cela, no ya en América Latina, sino en la propia España. Yo mismo, que fui amigo suyo, recién ahora vengo a caer en la cuenta de tanto olvido.

En ocasión de su primera visita a Alemania, allá por 1980, lo conocí personalmente y, al muy poco tiempo, en otra visita que hizo a este país, el entonces embajador español me pidió que fuera su acompañante durante su estadía en Bonn y Colonia. De manera que durante tres días fuimos y vinimos de aquí para allá, compartiendo almuerzos, cenas, paseos y larguísimas conversaciones que fraguaron una amistad sin sombras.

Una amistad de la que fui el único beneficiario, porque Cela me trató siempre con una generosidad y un afecto inauditos, que nunca supe cómo reciprocarle. Buena prueba de esa generosidad y ese afecto es el ejemplar artesanal de un libro suyo que me envió dedicado, un libro 100% hecho a mano e ilustrado a todo color con unos dibujos originales de Picasso.

Por mi parte, le rendí un homenaje poco habitual, que fue resumir en uno solo y, como si se tratase de uno nuevo, sus cinco libros de viajes por España. Una tierra, la suya, que recorrió casi íntegramente a pie y escribiendo y publicando sus impresiones de andariego impenitente, legándonos entre ellas un clásico del idioma, su magistral Viaje a la Alcarria.

Fue Cela una persona muy discutida, muy controvertida y muy desdeñada, se le han reprochado una malsonancia, una vulgaridad y una avidez que eran como sus señas de identidad exteriores, las que permitían distinguirlo de tanta ñoñería, tanta corrección y tanto esnobismo rastacuero que son actualmente las marcas más visibles de una profesión vendida con armas y bagajes al Estado protector y a la industria editorial. De ninguno de estos dos peligros necesitó salvarse Cela. Cuando aparecieron ya estaba aupado por encima del resto de la tribu, ejerciendo su inalienable derecho a continuar por su cuenta y riesgo la picaresca del Siglo de Oro.

Y al llamarlo pícaro otra vez le estoy rindiendo homenaje: Cela fue el lazarillo de Tormes que sacó a la literatura española de las tinieblas del franquismo. Ese fue su oficio y es por ello quizás que uno de sus mejores libros se titula así: Oficio de tinieblas.

 

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