Por: Augusto Trujillo Muñoz

El contenido de la democracia

La Carta Política de 1991 constitucionalizó, por primera vez en Colombia, la democracia de participación, pero conservó el sistema representativo.

Una cosa, por supuesto, no se opone a la otra. La vigencia combinada de los dos modelos rige, desde el siglo pasado, en diversos países del mundo. Incluso, algunos de ellos comienzan a pensar en la conveniencia de revertir o, al menos, reducir el alcance de los mecanismos de participación en la toma de decisiones políticas.

En artículo publicado el 24 de julio por “La silla vacía”, Humberto de la Calle se pregunta si estamos frente al ocaso o a la transformación de la democracia. Cita la frase que le oyó a un líder indígena: “Bogotá queda demasiado lejos de Colombia. La democracia no se vale solo por las intenciones sino por el resultado. En un esquema de voto igualitario, los indígenas no tendremos nunca acceso. Somos una minoría humana con un territorio enorme, desprovisto de representación real”.

De la Calle recuerda el aserto del escritor italiano Raffaele Simone, para quien el sistema democrático se ha vaciado de contenido. Y agrega: “pese a la multifacética apelación a la democracia en la Constitución, la práctica ha sido bien distinta”: Lo que crece son los paros agrarios o de transportadores, los reclamos étnicos y de las minorías, las distintas expresiones de un denominador común que es la protesta. Y los peligros del populismo chavista o de los Brexit que, a menudo, se parecen.

Curiosamente el mismo día, pero en el diario El País de Madrid, el politólogo español José María Colomer afirma que la democracia directa y participativa, sobre todo en sociedades complejas con problemas difíciles, degenera en populismo. Es lo que se ve en los referendos europeos actuales. Sin embargo, Colomer asume que la democracia participativa funciona bien en comunidades de tipo local.

El debate es trascendental porque todas las democracias contemporáneas se están enfrentando al mismo contexto de crisis. Es preciso revitalizarlas. En filosofía política se habla de la democracia deliberativa, cuyo fundamento supone que los representantes del pueblo comparten la deliberación con los grupos de interés, las organizaciones sociales y los mismos ciudadanos, dentro de procedimientos aptos para buscar acuerdos y facilitar las expresiones cívicas. Habermas diría que esos procedimientos ejercen una función esencial de legitimación.

De hecho la práctica de la democracia participativa, en Colombia, ha sido mínima. Los mecanismos del artículo 103 de la Constitución fueron neutralizados por sus desarrollos legales y jurisprudenciales. En buena medida las protestas se producen por ausencia de respuestas claras del Estado, desde el derecho o desde la política. Los colombianos no han podido ensayar la democracia de participación. Su espíritu es prisionero del marco legal que le sirve de precepto. Se quedó escrita.

Bien valdría la pena abrir con amplitud los espacios de participación, al menos, en sociedades local/regionales. Enriquecer el Cabildo Abierto en el sentido de que pueda presentar iniciativas de ordenanza, acuerdo o resolución. Autorizarlo para activar la moción de censura que le corresponde a las corporaciones públicas de elección popular, así la decisión sea privativa de la respectiva corporación. Hacer más expedita la revocatoria del mandato para acercarla al ciudadano común.

Todas estas son expresiones del principio del control que, como suelo repetirlo, es el principio democrático por antonomasia. Quedarían por afinar los controles sobre la cúpula del poder público y, especialmente, sobre de la rama judicial. Y ante todo darle de nuevo contenido a la política, pues ésta devino en simple refriega electoral. Pero, como dicen los politólogos, la democracia sigue siendo, hasta ahora, el único remedio válido para resolver los problemas de la democracia.

*Exsenador, profesor universitario. @inefable1

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