Por: Ignacio Zuleta

El desabrido presente de las frutas

CREÍ QUE YA ERAN COSAS DE LA EDAD eso de que las frutas me supieran todas a lo mismo, como un banano insípido o una papaya aguada de las que se consiguen en Tokio o en Berlín. Pero hablando con gente de mi generación, y estudiando este tema con nostalgia y molestia, caí en la cuenta de dos cosas importantes: nuestras frutas locales están en extinción y las que hoy nos comemos vienen de muy lejos.

Los sabores de infancia del banano manzano, la pomarrosa sutil y rozagante, la guama para la pepa de adornar orejas, la naranja valencia y tantas otras, a duras penas sobreviven en los mercadillos informales callejeros y han sido reemplazadas por bananos madurados con carburo tóxico, uvas chilenas, manzanas extranjeras, papayas hawaianas, y naranjas tangelo cubiertas por una parafina de petróleo que ya no permite ni hacer la mermelada con la cascara.

La historia de las frutas en una país cuya diversidad era fuente de orgullo hace unos años es solo una fracción de otros asuntos de seria envergadura: la desaparición de los alimentos cultivados localmente, la globalización de la industria de alimentos —y sus impactos en el entorno y en la economía campesina— y a nivel de otros productos, la desaparición de las semillas nativas y la nueva dictadura alimentaria de semillas transgénicas con su combo de agrotóxicos adosado .

El transporte de alimentos, en este caso de las frutas, desde lugares remotos incrementa el costo, implica también un gasto absurdo de combustible —usualmente diesel marino de gran impacto en el efecto invernadero—, un aumento en el uso de empaques y embalajes, una disminución en el valor nutricional del alimento y una triste desaparición de los sabores.

La chirimoya, el borojó, el níspero, el zapote, el chontaduro, el mamoncillo y muchas de las exóticas frutas nacionales o adoptadas ancestralmente podrían desaparecer de nuestras mesas si no estimulamos los cultivos locales y no revertimos la tendencia globalizadora que nos despoja de nuestra soberanía alimentaria.

Párrafo aparte y otra columna merece el error de la Federación de Cafeteros hace unas décadas cuando decidió arrasar con la variedad de café arábigo y sus hermosos bosques de sombrío que albergaban árboles frutales y cultivos de pancoger, para transformar la zona cafetera en un desierto verde que aumenta la temperatura de la tierra, propicia la erosión y causa la desaparición de cauces de agua que enriquecían la orografía nacional.

Unas alternativas beneficiosas comienzan a darse con los movimientos de cocina local, las tendencias de la agricultura urbana y los esfuerzos de una nueva generación de emprendedores que creen en un manejo agroecológico de los alimentos. Crecen así mismo los movimientos mundiales por consumir los productos locales como una forma de defenderse de las perversiones y cinismo de un sistema neoliberal ciego frente a las condicione del planeta y sordo a los clamores de los seres que lo habitan.

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