Por: Cristina de la Torre

El desinfle de la globalización

Se pifió Francis Fukuyama. El utopista norteamericano vaticinó en 1989 el fin de la historia, en un Estado homogéneo universal cimentado en el liberalismo económico y político. Y elevó EE. UU. a panacea de igualitarismo en la sociedad sin clases que Marx imaginara.

Pero no vio las fauces, abiertas ya, de la fiera que a fuer de globalización terminaría por manduquearse medio mundo: el libre mercado sin competencia ni control, que banqueros y caballeros de industria impusieron en el orbe, para contento de una minoría sin hígados y desgracia de pueblos enteros. No columbró Fukuyama la caída de su opulenta “América” en pantanos de pobreza y desempleo que parecían reservados al Tercer Mundo… o a Europa. Menos aún imaginó que uno entre los causantes de la debacle, Donald Trump, se erigiera en heraldo de una clase media pauperizada que desafía con broncos atavismos las buenas maneras de la democracia.

Sorprende a Juan Carlos Botero que el rechazo a las elites en ese país terminara en la elección de un magnate con retrete de oro; que el nuevo líder del obrero gringo sea un dueño de rascacielos evasor de impuestos; que el héroe del hombre común piense recortar la asistencia social y reducir aún más impuestos a los ricos. Clamó Trump en su campaña por repatriar a la brava las empresas gringas fugadas al extranjero para reemplazar el trabajo nacional por el foráneo. Pero todos sabían que también los productos de sus fábricas se cuecen con salarios de hambre en el exterior. Que el flamante magnate de finca raíz quintuplicó ganancias con la crisis del 2008 que arrebató su casa a cientos de miles de las familias que hoy votaron por él. Mas, sabedor de que el descontento apunta a la plutocracia de Wall Street, contra ella despotricó. ¡Y meneó nombres de aquellos figurones para dirigir la economía en su Gobierno!

Sin embargo, ataviado de rebelde mayor contra la globalización neoliberal —contra el libre comercio y el flujo de migrantes que se apoderan de los puestos de trabajo— Trump encabeza la agitación de las derechas contra el modelo de marras. Que encarne la paradoja de rebelde anti-stablishment mientras engorda de su propia entraña, no le impide encabezar la rebelión de las derechas contra la globalización. A lo menos de palabra. Al aquelarre se suman las fuerzas más retardatarias de Europa, el neonazismo comprendido, que antier saludó exultante su elección por las calles de Estocolmo; como desfilará esta semana el Ku Klux Klan por varias ciudades de EE. UU.

Mas la reacción contra la globalización no es patrimonio exclusivo de las derechas. De ella bebieron Podemos en España, Syriza en Grecia, Occupy Wall Street en EE. UU. y, ¡sorpresa!, la renacida socialdemocracia en este país, que pudo llevar a Sanders a la Casa Blanca. Una comparación entre programas de Trump y Sanders mostraría el abismo que separa la crítica al poder establecido, desde la derecha y desde la izquierda. Aunque ambos retoman el programa de Roosevelt de inversión masiva en obras públicas, como fuente creadora de empleo en el país que terminó por descollar entre los más desiguales del mundo.

Hace 45 años, la clase media estadounidense aportaba 62% al ingreso nacional; hoy aporta 43%. Y la clase alta pasó de recibir 29% de esos ingresos, a 49%. Empieza a desaparecer la clase media. En las dos últimas décadas, la desindustrialización cerró 90.000 fábricas: entre 2001 y 2010 el empleo industrial bajó 42%. Pobreza, rabia, resentimiento y refugio en las más oscuras cavernas dan cuenta de su desgracia. Efecto brutal de una globalización que malogró el paraíso de Fukuyama, soñado para las democracias “posthistóricas” como la de EE. UU. Pierde el globo su aire, se desinfla. Ya era hora.

 

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