Por: Cristo García Tapia

El día D de la Paz

Los tan mentados días “D”, no suelen acaecer, contrario de cuanto se cree de ellos, en el plazo señalado para que ocurra el suceso que se ha pronosticado.

Ni siquiera el que instituyó la denominación Día D, como fecha definitiva para el gran desembarco en las playas de Normandía, Segunda Guerra Mundial, tuvo ocurrencia en la fecha prevista, el 5 de junio de 1944.

Vaya uno a saber, y es probable que jamás, cuántos Días D aguardaran, postrados y desconsolados, en el closet de la historia; a la espera de que ocurra la predicción que por las causalidades y derivadas de las dinámicas de la guerra, aunque hay múltiples, se les asignó.

Cuanto concluyo de ese sofisma, y en la teoría militar y en la praxis  política sea quizá considerada válida su semántica, es que los tales plazos bien pueden posponerse, anticiparse o, por necesidad, capricho o inconveniencia, no ejecutarse, sin que el curso de los acontecimientos de los que provino se altere o estos dejen o de producirse.

Igual que el 20 J, firma del Acuerdo Paz entre el Estado y las FARC EP, no ocurrió conforme se había proclamado por una de las partes, nada que extrañar tiene que el Día D, que aún no se ha señalado cuando acaecerá, y es lo positivo de esa indefinición, sea todavía incierto sin que tal, creemos los que vemos el partido en la tribuna general, vaya a ser la señal del acabose de cuanto hasta ahora ha costado construir por la Paz de Colombia.

Siempre habrá que remachar, para aproximarse a su comprensión, que los tiempos, las dinámicas y las lógicas de la guerra no se corresponden, unos y otras, con el de historia lineal o el de las guerras convencionales.

Diferentes y divergentes en su naturaleza y fines, al de la confrontación armada por razones ideológicas y políticas entre un ejército rebelde, guerrillas, que se levanta en armas invocando la prevalencia de un orden social, jurídico, político y económico injusto, excluyente de las mayorías y un Estado, según su discurso, que representa ese orden  y que reafirma mediante el uso de una fuerza armada legalmente instituida  que le permite preservar el fin que le es inherente.

Y es que, en ese orden de ideas, haber llegado Estado y FARC – EP, a una aproximación tan cercana al fin de un conflicto armado que nunca, en sus vergonzosos sesenta años de existencia, ha asomado siquiera tímidamente un vencedor y un vencido o, cuando menos, a reconocerse entre sí como actores con identidad propia sus protagonistas, es ya razón de peso para apostarle al vaticinio de un día D en su historia para empezar a finiquitarlo por la vía de un Acuerdo de Paz.

Desde luego, reconociendo y comprometiendo el Estado como escenario natural de la legalidad que empieza a reconocerse por la contraparte que, cuanto se ha conciliado, negociado  y aprobado en La Habana, tendrá fuerza y validez de derecho y será de ejecución continua.

Ojala no sea la incertidumbre a que tal no ocurra, cuanto predispone el día D a no llegar en las fechas que se predican y sí a conjugarse en futuro hipotético, entendible en quienes  han pasado sus vidas bajo el acoso de la guerra y ahora, cuando están decididos a no volver a ese escenario y a ser reconocidos como sujetos de derechos políticos, temen porque ocurra lo que en el pasado en circunstancias parecidas.

Así las cosas, que el día D llegue con la amnistía y el indulto si eso acordó; con la refrendación y las garantías de No Repetición, si a eso llegaron los plenipotenciarios de La Habana; con la aplicación de la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP, para todos los actores que hayan participado de manera directa o indirecta en el conflicto armado, si tal se convino.

Por lo pronto, todos los esfuerzos, todas las voluntades, al unísono todos los colombianos que queremos la Paz, que exigimos la inmediata vigencia de ese derecho constitucional, con decisión inapelable ya hemos marcado, en el calendario de la Paz, nuestro irrevocable día D:

El del Sí a la Paz.

Poeta
@CristoGarciaTap

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