Por: Juan Manuel Ospina

El día después del plebiscito

El actual debate, preparatorio del Plebiscito, está plagado de verdades a medias cuando no de exageraciones que lindan con la mentira abierta.

Es como si las partes – que en eso se parecen – consideraran que lo más fácil es llevar a votar a electores desinformados y confundidos, condenados a depositar obedientemente un voto que no sería, reflexivo sino puramente emocional.

Copando la escena, están los actuales “cocos” de la opinión pública: Santos, con su búsqueda afanosa por alcanzar una firma que no garantizaría que se logre una “paz verdadera”; y Uribe, con su inocultable incomodidad por no ser el héroe de la paz, como lo fue de la guerra. A estos se les suma un tercero, unas FARC percibidas como una banda de criminales que niegan su parte de responsabilidad, mientras que le reclaman todo a una sociedad que considera que nada les debe y que mucho les quiere cobrar.

Son conocidos los avances de Uribe durante su segunda presidencia para abrir conversaciones con las FARC (Frank Pearl, Henry Acosta, entre otros); las gestiones no fructificaron y Santos, posesionado como Presidente, luego de evaluar esta inconclusa experiencia, sencillamente la retomó como bandera propia, de tal manera que no apareciera como herencia de la intención de su mentor. La reacción inmediata de Uribe fue declarar a Santos falso y traidor,  por haber ganado la Presidencia con votos y un proyecto ajeno, ambos de Uribe.

Desde entonces, quedó sembrada la cizaña entre ambos, que hoy tiene en ascuas al proceso.  Santos parece no entender que no se trata de un asunto personal sino de estado, mientras que las FARC si están convencidos de ello.

Uribe reaccionó y arrancó con una estrategia, que se mantiene para anular a Santos, para derrotar su propuesta de paz sectaria, retomando sus iniciativas. Uribe considera que la negociación sería la conclusión lógica de su acción militar que doblegó a la guerrilla. Piensa que se puede alcanzar  un acuerdo creíble, nacional e incluyente que originaría un gran consenso ciudadano. Para abrirle camino, plantea que un voto plebiscitario negativo triunfante, mas no la abstención, implicaría el respaldo del constituyente primario a esa ratificación. Para Santos, esa sería la materialización de su peor pesadilla y por eso contraatacó en su campaña reeleccionista con el lema que le dio el triunfo electoral: Santos o la guerra; votar contra Santos es votar por la guerra; un ejercicio de burdo maniqueísmo - de blanco o negro, de bueno o malo -, sazonado con la desconfianza y bronca de unos y otros, bien contra Santos, bien contra las FARC.

Uribe es un crítico de fondo a la gestión de Santos en La Habana, la cual a su juicio debe suspenderse para ser replanteada en los puntos que él ha señalado reiteradamente. Nunca ha propuesto terminar las negociaciones. El santismo, con su estrategia equívoca, presenta lo anterior como una oposición a la paz en sí, como un llamado a la guerra. Su obsesión es cerrar cualquier posibilidad de que Uribe le meta la mano a su proceso y le amenace su puesto en la historia.

Uribe le apuesta a que el NO en el plebiscito sea un mandato del constituyente primario para que se revise la negociación y con su respaldo hacerle las correcciones del caso. Revisión enmarcada en el espíritu y el articulado del acuerdo general y “fundacional” de las negociaciones, donde se establece que nada está acordado hasta que todo esté acordado.

Las FARC, viendo la debilidad política del gobierno, la actitud mayoritaria de una opinión con la cual tendrían que “convivir democráticamente” y  el poder que en todo esto le reconocen a Uribe, estarían dispuestas, como ya lo han insinuado, a revisar lo acordado. Con ello podrían a su vez lograr dos objetivos importantes: tener finalmente a Uribe/uribismo sentado frente a frente (motivo de infarto para Santos), para revisar algunos puntos, especialmente los relacionados a su seguridad: el desarme, las fuerzas armadas, el paramilitarismo, y su situación jurídica futura. Y además, un segundo propósito, que los une, ambos quieren una nueva constituyente.

Se trata simplemente de escudriñar como sería el día después del plebiscito con un NO en el horizonte.

 

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