Por: Jaime Arocha

El diálogo añorado

En la última sesión de mi seminario “Aportes Afrodiaspóricos”, una defensora de derechos humanos habló sobre el recorrido que hizo por el pacífico nariñense.

Registró quejas por presiones de la insurgencia: la primera, para que las comunidades negras abandonen el supuesto embeleco por defender territorios colectivos y opten por el dominio individual campesino, y la segunda, para que reemplacen sus consejos comunitarios por juntas de acción comunal. Constató que los guerrilleros sí han dejado de disparar sus armas, pero aún las portan con su poder intimidatorio.

Se deduce que sigue pendiente el reconocimiento de los derechos que tanto la Ley 70 de 1993, como el Convenio 169 de la OIT legitiman con respecto a la territorialidad ancestral colectiva de las comunidades negras, y a la autonomía de los consejos responsables de salvaguardarla. No basta que el 24 de agosto de 2015, a nombre del Secretariado, Pablo Catatumbo condenara el asesinato de Genaro García, representante legal de un consejo comunitario de esa región, el de Alto Mira y Frontera, y reconociera que el responsable del hecho había sido la columna móvil Daniel Aldana de las Farc. Precisamente, esa reparación pendiente fue ventilada el pasado 17 de mayo en el conversatorio sobre el papel del pueblo afrodescendiente en los diálogos de paz en Colombia. Tendrá que incorporarse a los intercambios con los negociadores del proceso de paz que indígenas y afros solicitan desde octubre de 2012, y los cuales, por fin, han sido programados para el 27 de junio, luego de que constituyeran el eje articulador de la Comisión Étnica integrada en marzo de 2016, e hicieran parte de las exigencias del paro agrario recién resuelto.

No obstante, ronda la ansiedad a propósito de que quienes lleguen a ser invitados a La Habana no estén comprometidos con esas reivindicaciones territoriales de los pueblos étnicos. Hay voces beligerantes para las cuales resguardos y territorios colectivos son guetos que frenan el progreso. Esa argumentación une a quienes se autoidentifican como representantes de un movimiento negro modernizante y progresista, con empresarios para quienes los monocultivos agroindustriales son la única alternativa para el desarrollo económico de las áreas rurales.

Una escogencia de delegados que no representen las reivindicaciones étnico-territoriales podría interpretarse como una posible estrategia para acallar a quienes vienen llamando la atención acerca de lo grave que para esos pueblos sería el que las zidres y las zonas campamentarias o de concentración para desmovilizados atenazaran resguardos indígenas y territorios colectivos de comunidades negras. Se trataría de la justificación lógica para la siguiente movilización de las comunidades étnicas, así como de los activistas, académicos e intelectuales que las han apoyado. Unas y otros adhieren con entusiasmo al diálogo como único medio para lograr la paz, pero también como fundamento para salvaguardar los logros que los movimientos étnicos colombianos han alcanzado a lo largo de la historia.

Nota: Las deplorables manifestaciones positivas que han tenido lugar en América Latina como respuesta a la horrenda masacre de homosexuales en Orlando son muestra de la amenaza macritemerista.

* Miembro fundador, Grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.

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