Por: Enrique Aparicio

El encoñe de Enrique VIII por Ana Bolena

Encima de su majestad, Ana estaba llevándolo al clímax cuando un ujier que cuidaba la puerta pronunció “Su eminencia el ministro Cromwell acaba de llegar". Con respiración entrecortada Enrique VIII dio la orden de que lo esperara en la sala privada.

Tomás Cromwell había sustituido a Tomás Moro como hombre de toda confianza del rey.  Moro había caído en desgracia por no estar de acuerdo con las intenciones de su majestad de casarse con Ana Bolena y anular su matrimonio con nada más ni nada menos que la hija de los Reyes Católicos, Catalina de Aragón, ni tampoco con su decisión de erigirse como cabeza visible de la Iglesia en Inglaterra.  Por ello se le acusó de alta traición y se le condenó a muerte.

El rey, acostumbrado a hacer lo que se le daba la gana, vio en Ana a la compañera de sus sueños que le daría el primogénito responsable de la continuación de la dinastía de los Tudor.

Resumamos un poco el cuento histórico.  Enrique VIII, casado por primera vez con Catalina de Aragón, viuda de su hermano Arturo, encontró un desmesurado atractivo, llámese encoñe, por  Ana Bolena quien llegó a la corte proveniente de Francia -su padre  fue embajador allí- y se convirtió en una de las damas de compañía de la reina Catalina.  Su manera de ser entradora y con mucha personalidad cautivó galanes pero fue el rey quien demostró su gran apego por Ana.  Le propuso convertirla en su amante preferida, pero Ana fue clara.  Quería ser reina y no se transaba por menos.  El monarca comenzó  a mover cielo y tierra para que se anulara su matrimonio con Catalina y así poder casarse dentro de la Iglesia Católica, confiando en que Ana le daría el heredero que la reina no le había podido dar. 

Llevó el caso a Roma.  Las negociaciones con el Papa quedaron en manos del cardenal Wolsey que veía en Ana una mujer de poca monta cuya unión no traería nada a la corona, ni alianzas ni territorio y, dicho sea de paso, no estaba de acuerdo con la idea del divorcio.  Le rogó al rey que considerara no romper con Catalina.  Sin embargo ante los deseos de su majestad no le quedó más remedio que proseguir con el tema para buscar la nulidad con el Papa Clemente VII.

Su Santidad era un hombre abatido por las peleas, por el poder terrenal.  Roma había sido destruida por los soldados del emperador Carlos V.

El argumento para obtener la nulidad era que Catalina no había llegado virgen al matrimonio porque estuvo casada antes con su hermano Arturo. Según el monarca la dispensa que en su momento la Iglesia le concedió al aceptar que se casara con la viuda de su hermano (que en esa época estaba prohibido)  era inválida y el matrimonio nulo. 

La nulidad estaba llena de trampas y zancadillas. Por donde se mirara era difícil de manejar, entre otras porque  Catalina era hija de los Reyes Católicos y tía del ser más poderoso de ese momento en Europa, un Habsburgo, Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico..

Si al rey inglés se le negaba la anulación podría dar pie a un nuevo cisma, como en efecto sucedió, pues ya se sabía que él quedaría como cabeza de la Iglesia Anglicana.  Esto significaba que los ingleses se sumarían a la desbandada del catolicismo que habían iniciado los protestantes y el poder del Papa se debilitaría todavía más.
 


En 1533, en vista de las demoras del Papa por pronunciarse a favor a las tesis de Enrique VIII, él decidió casarse por el rito anglicano con Ana, en la gran esperanza de tener un hijo varón con derechos de sucesión.  El destino tendría para los actores envueltos en el drama, diferentes  finales.

Tres años después Ana Bolena fue acusada de todo tipo de delitos, desde bruja, hasta vulgar pone cuernos con miembros de palacio.  Ella negó todos los cargos, sin embargo la espada del verdugo no dudó en decapitar ese fino cuello.

Isabel I, la hija de Enrique VIII con Ana Bolena,  ocupó en 1559 el trono del Imperio con gran éxito.

El rey se casó seis veces en total y le fue negado el sucesor varón.  Murió a los 55 años, bastante enfermo y muy entrado en carnes. 

Cuatro siglos después de su muerte, Tomás Moro fue canonizado por los católicos. 

Lo que queda claro es que Enrique VIII fue un hombre inteligente y sagaz pero se le subió el poder a la cabeza.  De su padre recibió un reino con las finanzas sanas, pero con él el gasto y la juerga fueron el tono del día a día.

El cisma inglés se encontró con un universo religioso variopinto. Lleno de desencuentros sangrientos entre las diferentes facciones.  Hubo quienes salieron de Inglaterra buscando un lugar donde poder profesar su religión puritana.  Un grupo se embarcó rumbo a los Países Bajos para después tomar rumbo al Nuevo Mundo donde se les conoce como los Pilgrim Fathers (Padres peregrinos) y son considerados como la simiente de la que surgieron los Estados Unidos de América. El You Tube muestra un poco sobre la estadía de los peregrinos en Leiden, Holanda.

Que tenga un domingo amable y un 2017 llenos de buenas cosas y mucha salud.

 

 

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