Por: Juan Manuel Ospina

El falso dilema de paz o guerra

Me sigue preocupando la suerte de la paz colombiana después del Plebiscito, pues si esta ha de abrir el camino a una nueva época de nuestra historia, se requiere dejar de lado discursos maniqueos que dividen y polarizan a la opinión para exacerbar las emocionalidades y no el razonamiento, con el propósito de animar a los adeptos para cerrar filas y enfrentar al rival que resulta ser nuestro vecino y no ningún forastero. Por eso, considero irresponsable y falso que se pretenda que las críticas e incertidumbres de muchos compatriotas (¿la mayoría?) respecto a las negociaciones en curso en La Habana, equivalgan a un rechazo a la paz, es decir un voto por la guerra, como lo han planteado desde la orilla del gobierno, llegando a los extremos del expresidente Gaviria, comandante en jefe de las huestes del Sí, de considerar que quienes voten el No son fascistas.

Digo lo anterior, porque pretender movilizar un país para adelantar las grandes tareas que implica reorganizar la casa después de un largo conflicto, solo será posible si se congrega al conjunto de los ciudadanos para que, por encima de sus diferencias, asuman la empresa de la reconciliación como el gran propósito nacional, semejante en su espíritu a lo que fue la Unión Republicana que sucedió a la Guerra de los Mil Días y el Frente Nacional como cierre de la violencia bipartidista. Por eso lo del propósito nacional no es una simple frase sino una expresión de la necesidad que la paz y lo que de ella se desprende no sea un proyecto partidista y excluyente;  mientras que medio país le esté diciendo al otro que es guerrerista, no avanzaremos en esa dirección. Puede  firmarse un acuerdo en la Habana, cuya ejecución estaría en manos de unos compatriotas  dedicados a  sacarse los ojos.

Llama la atención, que tanto la Corte Constitucional en su último fallo, como el expresidente Álvaro Uribe, y aun las FARC, consideran que aunque gane el NO en el plebiscito, las negociaciones deben continuar. Álvaro Uribe en su calidad de comandante en jefe de las huestes del No, en una larga entrevista que le dio el pasado domingo a El Colombiano, dijo textualmente “que no se levante la mesa de dialogo; reoriéntenlo”. La conclusión resulta simple: solo el Gobierno sostiene que esa continuación no se puede dar, que sería un imposible, como lo ha reiterado Humberto de la Calle. En otras palabras, pretenden reeditar la táctica política que les fue exitosa para la reelección del Presidente Santos, afirmar que todo aquel que esté contra nosotros, léase el gobierno, es porque está a favor de la guerra.

Más allá de si uno es uribista o santista, o independiente como es mi caso, debemos tener la certeza de que este país, FARC incluidas, no es suicida y entiende que el tiempo de la guerra pasó y que por consiguiente es necesario cerrar filas en torno a lograr la mejor negociación posible, lo cual supone que el gobierno cambie su actitud; retomo palabras del expresidente Uribe: “el gobierno no escucha, sino que impone… a nosotros solo nos han invitado a adherir”; en lenguaje coloquial, ello significaría que al Gobierno solo le interesa la foto, y si eso es así, no podemos calificar su actitud sino de frívola e irresponsable.

A la luz de lo anterior, es indispensable que los colombianos nos quitemos los anteojos de la parcialización emocional, que dejemos de oír tanto discurso incendiario para reflexionar serenamente sobre cuál es el mejor camino para que el sueño compartido de la paz se vuelva una realidad. No podemos aceptar que algunos compatriotas pretendan imponerle a los otros el San Benito de que son guerreristas. Gane el Sí gane el No, la negociación  debe continuar y concluir exitosamente.

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