Por: Julián López de Mesa Samudio

El fin de la historia

"¿Cuántos años tiene Colombia?" Esa fue la primera pregunta que formulé a los estudiantes destacados de algunos de los colegios más prestigiosos de Bogotá, en las charlas introductorias a la vida universitaria que hube de impartir el semestre pasado.

Al ver la confusión entre el joven y aventajado público, aclaré: “¿Cuántos años de vida republicana tiene Colombia?” “¿Hace cuánto existe el país llamado Colombia?” De nuevo, silencio y extrañeza ante la pregunta. Semanas después, y ya con más confianza, me confesaron que ninguno sabía entonces la respuesta y que ni siquiera se habían preguntado algo así; y estaban avergonzados pues sabían que debían haberlo sabido, ya que era importante para sus vidas.

Aunque me impactó este evento, no me tomó del todo por sorpresa. Desde hace más de diez años he sido profesor de los primeros semestres en varias universidades, y año tras año es perceptible un progresivo declive en conocimientos básicos en ciencias sociales —sobre todo en historia—. Siguiendo modelos foráneos, los colegios deben privilegiar aquellas materias que serán evaluadas en las cuestionables pruebas estandarizadas por las que son calificadas las instituciones educativas. Estas pruebas, construidas desde el contexto anglosajón, se cimientan sobre la racionalidad de las ciencias exactas y del conocimiento práctico, frente al cual la historia es percibida como un cuento y no tiene relevancia para el presente ni mucho menos para el futuro.

Desde hace décadas, el sistema de educación anglosajón ha intentado trasformar todos los saberes en conocimientos técnicos y cuantificables; aquellos que no alcancen a serlo o no se sometan a serlo, son tenidos como meros divertimientos para los cuales no hay mayor uso. El modelo que ha llevado prácticamente a abolir la historia y las demás humanidades en colegios y universidades, aquel que nos afanamos por implantar (pues es un requisito para pertenecer a la OCDE), fue el que celebró a rabiar hace unos años cuando uno de sus hijos más ilustres anticipó “el fin de la historia” pues, según él, las democracias occidentales ya habían triunfado y por tanto también su modelo educativo. Empero, ante la profunda crisis del sistema democrático y al estupor que causan episodios que se creían superados, hoy ni el propio Fukuyama puede desdeñar la historia; por eso, desde hace años ya, académicos alrededor del mundo piden el retorno de la historia y las humanidades a los planes de estudio.

Porque fue precisamente ese modelo educativo que desdeña el humanismo el que subió a Donald Trump al poder. El modelo de educación que en Colombia copiamos es el mismo ante el cual levantan sus críticas incluso sus alumnos más destacados: como ocurrió con los estudiantes de primer semestre de economía de Harvard en 2011, cuando masivamente se salieron de la clase del profesor Gregory Mankiw, como protesta por la educación que les estaban impartiendo y que había conducido a la que hoy ya se conoce como La Gran Recesión de 2008.

En Colombia, sin embargo, nuestros funcionarios, ajenos a las cada vez más numerosas voces que claman por el retorno de las humanidades, se empeñan en convencer a los colegios y universidades de que la historia y el humanismo no sirven para nada. A nosotros, como sociedad en conjunto, nos corresponde defender la idea contraria: la idea misma de la educación como un proceso formador de seres humanos éticos, y ciudadanos que vuelvan a la historia y a las humanidades para interpretar sus entornos, para aprender a reconocer al prójimo (¡cuán poco enseñamos tal verdad!) y para inventar futuros con capacidad creativa en tiempos en que la educación se ha convertido en un adoctrinamiento basado en la futilidad de la innovación y en el desprecio de la tradición.

@Los_Atalayas, [email protected]

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