Por: Eduardo Barajas Sandoval

El fin de la Post Guerra Fría

Se van desvaneciendo las premisas sobre las cuales se fundamentó el orden, desorden, mundial de la Post Guerra Fría y entramos en una etapa nueva de definiciones, con pronóstico incierto. Terminada la Guerra Fría, con el desvanecimiento de uno de los polos de atracción e influencia que la animaron, el mundo siguió su marcha sobre la base de supuestos que parecen desdibujarse.

El primero de ellos era la primacía, sin competencia, de los Estados Unidos y de su modelo económico, que se suponía había sido, por encima de consideraciones ideológicas, el principal causante de su aparente victoria. El segundo era el fortalecimiento de Europa, bajo los cánones de una institucionalidad comunitaria que la convertiría en un bloque capaz de consolidar, como alternativa, un relativo equilibrio entre la iniciativa privada y el bienestar social promovido por el Estado. El tercero se concretaría en la “occidentalización razonable” de Rusia, a la hora de escoger un nuevo modelo de funcionamiento de su sociedad y de su integración al mundo. El cuarto vendría a ser la consolidación de China como la gran fábrica del planeta, con su esquema híbrido de capitalismo de Estado y sociedad rígidamente controlada. El quinto, el surgimiento de potencias regionales representativas de un futuro promisorio, capaces de jugar armónicamente en el juego global, desde América Latina, Africa y el Pacífico.

Al promediar la segunda década del nuevo milenio, los Estados Unidos no han perdido toda su influencia y su capacidad de acción, pero quedaron lejos de representar lo que esperaban. Han cometido torpezas como la de tratar de imponer su modelo económico y político en regiones del mundo con tradiciones de sentido y contenido propios. Así, la esperanza del florecimiento de copias de la democracia occidental y de la lógica del capitalismo se ha visto frustrada, con el consecuente desprestigio de la potencia americana y la duda sobre su capacidad para moverse con éxito en un mundo cada vez más complejo. Pero la prueba máxima de la crisis estadounidense, dado el impacto que la vida política de ese país todavía tiene en el orden global, es el contenido de su debate político interno. Quien gane la carrera por la Casa Blanca deberá manejar la catarata de descontento y desasosiego que han representado Bernie Sanders y Donald Trump. Si no acierta en el manejo de las inquietudes profundas que plantean los seguidores de uno y otro, desde diferentes extremos, el destino mismo de la Unión Americana, y su capacidad de ejercer liderazgo de talla mundial, estarán en entredicho.

La Europa comunitaria está pagando el precio de haberse sobredimensionado. La ambición de incorporar el mayor número posible de Estados de la Europa Oriental, antes bajo influencia soviética y ligados de una u otra manera al polo de atracción cultural y político de Moscú, le llevó a desfigurar la idea original del grupo de una docena de países de tradiciones comunes, cuya integración era posible manejar con relativa facilidad. La disputa por el corazón de Ucrania y la anexión impune de Crimea por la Rusia de Vladimir Putin, han sido al tiempo muestras de ambición y debilidad por parte de la Unión. Así como la corona de espinas del Brexit ha sido muestra de un euro escepticismo preocupante, o al menos del desfalleciente entusiasmo de ciertos sectores ciudadanos por una Europa institucionalmente unida.

En lugar de occidentalizarse, Rusia ha sido capaz de proseguir su propio camino. Lo ha hecho bajo un liderazgo que mantiene intactos los elementos la tradicional forma rusa de gobernar. Hace buen uso de la poderosa fuerza cultural de un país que no resiente los golpes provenientes de Occidente y parece solazarse en jugar como la potencia que siempre fue, bajo cualquier denominación, capaz de superar todas las pruebas, con definiciones claras de sus intereses y sus áreas de influencia y una voluntad enorme de ser consecuente con todo ello.

China ha dado muestras de reconocer las limitaciones de su modelo económico. La carrera rampante para convertirse en la otra gran potencia mundial lleva el fardo de la necesidad de equilibrar su sociedad, que presenta sectores que todavía deberán recorrer mucho trayecto para alcanzar a los que jalonan el proceso interno de desarrollo. A pesar de los milagros que ha conseguido, y de la sabiduría indudable de un liderazgo capaz de mirar las cosas en el largo plazo y de manejar las diferentes velocidades de marcha del país, deberá todavía acomodarse a circunstancias internas y exteriores no exentas de dificultades, que han frenado el ritmo que traía.

Las potencias regionales emergentes han mostrado diferentes resultados en el adelanto de su anunciada marcha triunfal. Dentro de ellas, la que nos concierne, Brasil, ha dejado correr el telón de la apariencia de fortaleza que había logrado tejer. Su debilidad institucional, los vicios que han salido a flote con motivo del juicio político a su Presidenta, y el desánimo de la sociedad, le restan a ese país credibilidad para convertirse, como en un momento lo pretendió, en representante de América Latina en las altas instancias de la política mundial.

A lo largo de veinticinco años nada resultó como se pensaba, y todo parece indicar que estamos ante un cambio de era, en la medida que se han desatado procesos que se superponen en un magma que puede terminar en nuevas versiones del mundo y de la sociedad. Los Estados van perdiendo el control de sus fronteras y del poder de la información. De todas partes surgen reclamos que llevan a pensar que la economía es apenas parte de lo esencial. Cada vez es más difícil aceptar que los conceptos sobre el éxito de los países y la calificación de quién lo hace bien y quién lo hace mal, emanen de agencias privadas que miden el éxito con un rigor que parece no tener en cuenta los intereses de la humanidad. Cada vez más individuos desean que se haga tangible el disfrute de derechos democráticos por ahora en el papel. Cada vez es más posible valerse de la tecnología para ejercer un mejor control sobre los gobernantes; para que tantas cosas de interés colectivo, como la preservación del ambiente, vayan más allá del discurso, y para que el espíritu de cada quien se sienta mejor en la cotidianidad. Las antiguas divisiones ideológicas parecen disolverse en favor de nuevas combinaciones. El nuevo orden será el resultado de la manera como cada quién sea capaz de hacer compatible el cambio interno con el manejo de su política internacional, ante el empuje del surgimiento de una ciudadanía mundial.

Colombia, que estaría dejando atrás la guerra fría, en la que seguía atrapada con todo y sus fantasmas, debería definir la manera en la que puede interpretar ese período de cambio que se está viviendo, del cual es mejor darse cuenta a tiempo, en lugar de advertirlo cuando hayan pasado las mejores oportunidades.

 

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