Por: Eduardo Barajas Sandoval

El final, o el comienzo, de una pesadilla

No es la primera vez que una campaña por la presidencia de los Estados Unidos se desarrolla en términos poco ejemplares.

Dentro de un peculiar modelo electoral en el que el voto de uno u otro ciudadano tiene valor diferente, según el Estado al que pertenezca, las campañas por la jefatura de la Unión sueltan torrentes de mensajes que buscan manipular y desatar las pasiones de la minoría que acude a las urnas. El ritual maratónico de las elecciones primarias permite que el récord de la vida privada pese en algunos casos más que las propuestas políticas, en medio de un espectáculo mediático itinerante en el que los candidatos le hablan más al vidrio de las cámaras que a la gente que los rodea en concentraciones propias de partidos de béisbol. A ese ritmo Al Gore obtuvo el mayor número de votos directamente depositados por los ciudadanos, pero se quedó sin la presidencia. Lyndon Johnson había hecho aparecer a Barry Goldwater como un pusilánime frente a la amenaza nuclear soviética. John Kerry perdió contra George W Bush, entre otras cosas, debido a una propaganda mentirosa sobre su actuación en la guerra de Vietnam. Mike Dukakis fue presentado como un tonto flexible con el crimen. Y un actor de medianas condiciones consiguió ser presidente con la arenga de una nación más orgullosa y fuerte.

El proceso electoral que concluye con el veredicto de las votaciones de hoy ha sacado a flote, una vez más, características propias de repúblicas de baja categoría, como muestra de una crisis profunda en una democracia que se reclama superior y habilitada para criticar a todas las otras. Por ejemplo, ha evocado la continuidad de dinastías, símbolo de la esterilidad del establecimiento político y de los activistas sociales, que no han sido capaces de innovar en la formación de nuevo liderazgo, por andar dedicados a hacer lo mismo de siempre, mientras el mundo cambia al ritmo de quienes, desde otros escenarios, producen avances incontenibles. También ha sacado a flote un descontento profundo y una especie de resentimiento con el funcionamiento del modelo económico, la tradición política y la desigualdad de oportunidades, que encontró escape en campañas como la de Bernie Sanders, que denunció defectos profundos del sistema desde una perspectiva “seudo socialista” antes nunca presentada en público; o como la de Donald Trump, que sobre la base de que supuestamente sabe hacer negocios, abrió la alcantarilla del machismo, la xenofobia, la atribución de la culpa de los males propios a los vecinos, la discriminación por creencias religiosas y la inutilidad de los políticos tradicionales, tramitado todo a través del insulto personal, la prepotencia, y los pregones de desastre. Además de hacer gala de enorme ignorancia sobre la forma como funciona el mundo, y apelar al anuncio de una solución fácil de todo problema por la vía de cualquier versión de la fuerza, sin dejar atrás su falta de confianza en las instituciones y anunciar que solamente reconocerá el resultado de las elecciones si le es favorable.

El resultado de la elección no solamente es crucial para los estadounidenses, minoritarios, que se preocupan por estas cosas. También lo es para los líderes y los ciudadanos de otros países, los estrategas del juego global, los guerreros, los banqueros y los que viven de los altibajos de las bolsas, los beneficiarios de las alianzas, las presumibles víctimas de rupturas a los herederos de controversias ancestrales, porque del personaje que llegue a la Casa Blanca depende en gran medida si hay guerra o paz, si se invade o se evade, si se ayuda o se ignora, si se cuestiona o se cierran los ojos, si se invierte, se subsidia o se entorpece, y si unos cuántos países satélites son viables o no.

En los términos anteriores, la elección de este martes 8 de noviembre puede ser el final de la pesadilla de una campaña tortuosa, pero no corrige el deterioro en la vida política de los Estados Unidos; y si llegase a ganar Trump, significaría una pesadilla peor. Es cierto que la candidata demócrata ha hecho una vez más las proclamas de siempre, con tono liberal, para que todo siga igual. Pero también se ha puesto en evidencia, más que nunca, la diferencia con el republicano, cuya desmesura, su descaro retórico y su pobreza conceptual representan de pronto el sentir de sectores sociales primitivos y desalmados sobre la política, la economía, el gobierno, el poder, el género femenino, y el masculino, la salud pública, los rusos, los japoneses, los mexicanos, los coreanos, los musulmanes, y todas las especies que se alejen de un “ideal americano” cuya grandeza se proclama desde una plataforma construida a la carrera para agitar justamente esas emociones que pueden ser el preámbulo de una pesadilla peor. Como sucedió en Italia y en Alemania en la primera mitad del Siglo XX. Todo esto si los sensatos, entre quienes concurran a las urnas, no alcanzan a conseguir la mayoría de esos “votos electorales” cuyo valor depende de unas reglas anacrónicas y complejas, pero que son las que al cabo de la jornada permitirán establecer quién ganó.
 

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