Por: Juan David Ochoa

El Gabinete de Trump

Lo inquietante y perturbador entre el poder oficial de Trump como jefe supremo no es tanto su predecible naturaleza bruta, su básicas políticas de camorra, su lenguaje soez cada vez menos distante de la práctica.

Lo inquietante y perturbador sigue siendo la miopía de la opinión pública y del análisis internacional de los politólogos tradicionales al interpretar el ascenso permanente de un lunático outsider que se ha alzado con el trono más poderoso y frágil de una coyuntura al borde del desquicio.

Se equivocaron estruendosamente analizando las primarias que tildaban de cómicas por la necedad y la falta de aplomo de candidatos inexpertos; se equivocaron con ensañamiento en la campaña oficial, dando por sentada la obviedad de Hillary como futura presidenta por sus influencias y por el extraño argumento de entender a la comunidad hispana como una fuerza irrebatible entre 50 Estados de 150 millones de abstencionistas, y se equivocan portentosamente ahora al afirmar una disminución escalonada de un candidato de circo, porque el poder, dicen, lo obligará a mandar con la seriedad de un afligido entre la presión de la Historia y de las fuerzas fiscales, citando como argumento sustancial y riguroso una jocosa máxima de Carlos Slim: “no es lo mismo ser borracho que cantinero”.

Los nombramientos del jefe supremo en su gabinete, corazón y mástil del poder, no responden a la improvisación de un atronado, y no son movimientos vendidos a los intereses comunes de la política común. Tienen la clara fijación de estructurar ideológicamente cada uno de los centros independientes del poder, y cada nombramiento en cada dependencia tiene desde ya prontuario propio: Scott Pruitt; negacionista del cambio climático y defensor a ultranza del uso de combustibles fósiles, es el nuevo director de la Agencia de Protección Ambiental. Steve Bannon, exdirector ejecutivo y de prensa del racismo más confeso entre los confesos del Ku klux Klan, es el nuevo Jefe de estrategia y asesor de la Casa Blanca. Mike Pompeo,  archienemigo del pacto nucelar con Irán y mente célebre del tremebundo Tea Party, ladys and gentleman, es el nuevo cerebro de la CIA. Jeff Sessions, proselitista Anti-inmigración de Alabama es el nuevo Fiscal General. Y los nombramientos más dulces, las unciones más naturales entre los ladridos predecibles de Trump son para   Michael Flyng, islamófobo irredento como asesor de Seguridad Nacional, y para el ya conocido internacionalmente con el apodo bien ganado de Perro Loco, James Mattis, quien acaba de recibir la bandera como Secretario de Defensa de una tradición intervencionista. El viejo general atizador de la incursión en Irak, el mismo que se ufana de su rebeldía al decirle a los países del mundo: “Vengo en son de paz, no he traído artillería. Pero les digo con lágrimas en los ojos: si me joden los mato a todos”.

Todo un coro de tenores con las botas bien puestas, todo un ejército de superhombres nada proclives a las delicadezas afeminadas de la diplomacia o a las teorías que incitan al hipismo de una  ecología nerviosa. Donald Trump ha nombrado un gabinete para revelar que ese pasado oscuro de la Casa Blanca en manos de un negro no fue real, no fue un progreso del tiempo, y que el sueño Americano que tuvieron las razas supremas del sur aplastadas por el funesto Lincoln, apenas empieza.

 

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