Por: Julián López de Mesa Samudio

El grafiti y la sensación de (in)seguridad

En los últimos diez años Bogotá se ha convertido en una capital del grafiti reconocida a nivel mundial, al punto que ya existen planes turísticos dedicados al arte urbano de la ciudad.

El impacto del grafiti en Bogotá ha crecido de manera exponencial y prueba de ello es la actual importancia que le ha dado en estas pocas semanas de gobierno tanto el alcalde de Bogotá como su secretario de Seguridad, Daniel Mejía. Por esto mismo, son un poco preocupantes las declaraciones de Mejía al justificar el cambio de actitud de la oficialidad respecto al grafiti, apoyándose en la idea según la cual el grafiti está asociado a la inseguridad de la capital.

Mejía aduce que algunos grafitis –que de manera indirecta asocia a aquellos que según él no tienen valor estético– generan sensación de inseguridad dentro de la comunidad. Lo primero que hay que decir es que la calidad estética del grafiti no es ni su razón de ser, ni su objetivo, ni su propósito; es tan sólo un valor agregado en un universo mucho más complejo de lo que se supone. De otra parte, el grafiti no tiene tampoco, per se, una carga ideológica susceptible de ser canalizada y manipulada (como presumía y fomentaba el anterior alcalde).

Aunque a mí personalmente no me gustan todos los grafitis, no creo que pueda aducir mi gusto personal, mi orientación ideológica o esgrimir “razones estéticas” para privilegiar a unos sobre otros como han hecho el anterior alcalde y el actual. Si de estética se trata, el debate debe incluir todas las intervenciones que inciden en la estética de la ciudad, desde la contaminación visual producida por la propaganda en vallas y carteles publicitarios, hasta las estatuas y monumentos –incluso patrimoniales– que no sólo son de cuestionable belleza, sino que además traen consigo una carga política asociada a tiempos oscuros en la historia nacional.

Por supuesto Mejía, PhD de Brown, sabe que tan solo los colores, independientemente del motivo garabateado, producen emociones completamente diferentes a la inseguridad, e incluso opuestos. Mejía y el alcalde también han de saber que la iluminación de los espacios sí está directamente asociada a la sensación de inseguridad y, por supuesto, saben que las luces mortecinas del alumbrado público de Bogotá, que proyectan una luz amarillenta y sucia, contribuye dramáticamente a generar dicha sensación.

Por tanto, si de generar sensación de seguridad se trata, más valdría cambiar las luces del actual alumbrado público por unas que proyecten luz clara y que iluminen realmente los rincones oscuros de calles y aceras. También debería tener en cuenta el alcalde que, de ejecutarse su plan de construir un metro elevado, las columnas y pilones que sostendrían los rieles sí que generarán inseguridad en sus alrededores, tal y como ocurre con los puentes vehiculares, focos reales e inmanejables de inseguridad.

El grafiti debe tener límites. Sin embargo, los límites y las responsabilidades derivadas de infringirlos no pueden venir de la voluntad del gobierno de turno, sino de un verdadero debate ciudadano sobre el fenómeno, sus alcances y los beneficios y efectos negativos que trae a corto y largo plazo para la ciudad.

@Los_Atalayas

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