Por: Carlos Granés

El hechizo del Bosco

En este 2016, año en el que habíamos conmemorado tantos muertos ilustres, aún quedaba por recordar los 500 años del fallecimiento del Bosco.

Y el encargado de homenajear al artista de ’s-Hertogenbosch ha sido, como tenía que ser, el Museo del Prado, cuyas salas exhiben estos días más de 50 piezas salidas de su mano, de su taller o de sus asombrados seguidores. Entre los muchos aciertos de la comisaria Pilar Silva Maroto, está el haber diseñado un recorrido alrededor de los trípticos que permite ver las grisallas del dorso de las alas laterales, tan significativas como los lienzos centrales. Pero el fundamental, creo yo, es la disposición temática de las obras, que ilustra la imagen del mundo y del destino humano que tenía el Bosco.

Como Dante, el pintor holandés ofrece una visión total de la existencia, aunque con una diferencia. En los lienzos del Bosco el amor no es una fuerza redentora. Al contrario, la pasión amorosa es siempre lujuria, un vicio que conduce a la perdición del alma humana. A pesar de que sus imágenes rebosan erotismo, el mensaje de sus cuadros es moralizante. El cuerpo y sus apetitos, la euforia del carnaval y de las fiestas populares, la razón debilitada por la estulticia o la locura, nos doblegan ante un mundo rapaz, plagado de tentaciones y de vicios. No lo tenemos fácil en el universo del Bosco. La misma naturaleza, con sus formaciones caprichosas y orgánicas, es una fuerza viva y hostil que contagia voraces apetitos. Los animales se deprendan en el Paraíso; Adán y Eva no se resisten al fruto prohibido. Sabiendo que la salvación está en el ejemplo de Cristo y de los santos, en especial de San Antonio, capaz de rechazar al demonio en forma de mujer desnuda, hombres y mujeres prefieren la fatuidad del goce terrenal. La consecuencia es una condena proporcional a su pecado: la mujer soberbia se contempla reflejada en las nalgas de un demonio; los instrumentos musicales, incitadores del placer, se convierten en aparatos de tortura; la gula es castigada con bazofia; al perezoso le imponen lecturas demoníacas; al iracundo lo ablandan el martillo y el yunque.

En los cuadros del Bosco se equipara la razón con la moral y el conocimiento con la virtud. Sólo quien domina los impulsos y conoce las debilidades de la naturaleza humana logra resistirse a ellas y alcanzar la salvación. Lo sorprendente es que para expresar este mensaje racionalista y cristiano hubiera empleado una iconografía llena de símbolos arcanos y lóbregos, que parecen demostrar la mutabilidad anárquica del mundo. Para defender la luz, recurrió a la oscuridad; para reprobar el deseo, escogió las formas más sensuales. Todo placer lo convirtió en tortura, pero cada una de esas torturas se tradujo en placer visual. En la originalidad de sus motivos intuimos las profundidades de la conciencia y la amenaza de impredecibles fuerzas; se anticipaba al gusto romántico por los enigmas irresolubles de la vida. Si la moral de sus lienzos predicaba que había una naturaleza de las cosas y una respuesta única y correcta a las preguntas fundamentales de la existencia, ejemplificada en los ascetas y eremitas, las voluntariosas floraciones de su imaginación lo desmentían. No es extraño que después de cinco siglos siga hechizándonos.

 

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