Por: Arturo Guerrero

El hombre del whisky

No es la venta de Isagén lo interesante.

Lo que ilustra sobre los vientos del presente es la batahola levantada a propósito de este negocio. Privatizaciones ha habido muchas desde que el neoliberalismo se almorzó al planeta. Pero no se recuerda una reacción tan airada como la de estos días.

Enemigos de todas las batallas resultaron coincidiendo en sus furias opositoras. Extrema derecha y extrema izquierda, pasando por los matices intermedios, rechazaron con sus acostumbradas vehemencias el despojamiento estatal energético.

El Gobierno se quedó solo, o acompañado de sus partidos áulicos que son lo mismo. Pero sucede que el Gobierno tiene la constitución por el mango y sabe responder a la vieja pregunta de "el poder para qué". Firmó la venta, volteó la página, regresó al discurso de la paz.

Hasta aquí la reacción de los políticos de toda la vida. Solo que en esta ocasión la iniciativa vistosa vino de los ciudadanos, en calles, redes sociales, tertulias. También de los columnistas de prensa, pero desde hace rato estos comprenden que sus voces son arado en el desierto.

Hay que ver la fe con que emprenden sus campañas quienes hasta hace apenas dos o tres lustros no contaban con la inmediatez, facilidad y capacidad multiplicadora de internet.

Facebook, Twitter y Whatsapp han logrado transfusión de sangre en multitudes de usuarios. Les ha llegado a estos un novedoso poder convocatorio. Gracias a un simple impulso del dedo índice replican los videos de su gusto y creen fundar con su gesto un mundo.

Formulan cartas protestantes y se ufanan de enlistar a miles de firmantes. Avisan sin sigilo lugar y hora del plantón, bloquean una calle, originan tremenda obstrucción del tráfico mediante ralos desfiles con tres o cuatro pancartas protegidas por policías armados para la guerra.

No les falta el megáfono, la consigna fácil coreada, en fin, los métodos del siglo XIX a los que confluyen finalmente las refinadas inventivas virtuales del XX.

Lo que ignoran estos firmanes y marchantes es que hay alguien que sí sabe cómo circulan los surcos del poder y de qué manera la tecnología engendra espejismos. A este alguien le basta sentarse con un whisky, confiar en asesores, aguardar el declive de la ola y aprovechar el escándalo siguiente.

Sea lo que sea, estas iniciales reacciones virtuales ciudadanas son síntoma dual del presente. Por un lado representan una línea de fuga mental por parte de millones de habitantes privados de voz, decisión, influencia.

De otro, son renovado campo de lucha de antiguas ideologías que no han castigado sus visiones. Opinan los economistas que el asunto crucial no es la propiedad de los megaproyectos, si estatal o privada, sino la regulación establecida para que ninguno pierda de vista el interés público.

No obstante, los luchadores contra las privatizaciones dan por sentado que el Estado es el mejor y más pulcro administrador, que los privados roban más que los burócratas. El hombre del whisky, entre tanto, mira por la ventana de su televisión y espera al mes siguiente.

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