Por: Jorge Eduardo Espinosa

El humano enemigo

Truman Capote escribió en A sangre fría su mejor obra.

Publicada en 1966, cuenta el cómo y el por qué del macabro asesinato en 1959 de una familia en un pequeño y lejano pueblo de Kansas, en Estados Unidos. Hay un maravilloso perfil psicológico de los dos asesinos, de su entorno familiar, de la vida que les tocó. El crimen, que ocurrió, sirve como pretexto para preguntarse cómo la permanente sospecha del otro impactó al pueblo y a sus habitantes. Cuando los asesinos son capturados y llevados de regreso al lugar del crimen, los atormentados y miedosos vecinos deciden esperar, junto a las escalinatas de la plaza del Palacio de Justicia, la aparición de dos demonios, de aquellos que en toda su esencia representaban el mal. Capote, extraordinario lector de emociones, describe el momento exacto en el que llegan y la reacción de la muchedumbre: “cuando vieron a los asesinos con su escolta de patrulleros con uniforme azul, guardaron silencio, como sorprendidos al descubrir que tenían forma humana”. Forma humana. La sorpresa, de golpe consciente, de que incluso aquellos a quienes más odiamos, a quienes más tememos, se parecen a nosotros, sienten como nosotros, se ven como nosotros. Humanizar al enemigo.

Hannah Arendt, la gran filósofa alemana que huyó de la persecución nazi y se exilió en Nueva York, fue enviada en 1962 por la revista The New Yorker a Jerusalén a escribir, por entregas, lo que ocurría en el juicio al teniente coronel de las SS Adolf Eichmann, encargado del transporte a los campos de concentración y exterminio. Eichmann había sido capturado en Argentina, en 1960, en una operación de película por el Mossad, el servicio de inteligencia de Israel. Arendt, en oficio de reportera, sorprendió a los lectores judíos y no judíos al describir al verdugo de millones como un tipo corriente, un burócrata que cumplía ordenes, uno más que después de acabada la demencia nazi no volvería jamás a cometer un crimen, a atentar contra la vida de otro. Aquí otra manera de decir que el mal puede venir de cualquier lado, que incluso el tipo más común y corriente es capaz de atrocidades. Arendt, como era de esperarse, no fue comprendida por los lectores víctimas del horror nazi. Ellos, apenas natural, querían leer una venganza, ratificar a través de la mirada de Arendt que Eichmann no era humano, no, que era un ser demoniaco. Ella lo humanizó, y eso la condenó. Hasta de nazi la acusaron.

Menciono este par de episodios relacionados con criminales, con seres odiados por millares, para aterrizar en Colombia y en el reto que llega. Saben ustedes que ahora saldrán a las calles, luego de un proceso de reincorporación, miles de ex combatientes de las FARC. ¿Qué haremos? ¿Esperaremos en las escalinatas de una sala de juicios para sorprendernos cuando descubramos que tienen forma humana? ¿Que hablan como nosotros? ¿Que tienen la sangre roja y que sus ojos parpadean? El miedo, la compasión. La único que mantuvo a muchos de nosotros, cómodos citadinos, alejados de un frente guerrillero o un batallón militar, fue la desigualdad. He conocido familias que tienen dos hermanos combatientes, uno guerrillero, otro militar, nacidos de la misma mamá y el mismo papá. Hay millones de colombianos que nunca han visto un guerrillero. Ahora, que desarmados estarán en las calles, en los barrios, en los parques, que pedirán trabajo, que querrán una oportunidad… Será nuestro turno, el de “la gente de bien”, de dar el próximo paso. Podemos humanizar al enemigo. O podemos seguir odiándonos. De ustedes depende.

@espinosaradio
 

 

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