Por: Columnista invitado EE

El intríngulis del Túnel de la Línea

Desde el 1 de diciembre, cuando el vicepresidente, Germán Vargas Lleras, a través del director de Invías, Carlos García, declaró la terminación del contrato del Túnel de la Línea, muchos periodistas y ciudadanos quedamos tremendamente confundidos.

Por: Yeyron Valencia*

Primero, porque a finales de octubre ambos personajes nos dijeron que por los retrasos no se podría inaugurar la obra en el 2016, y que los avances habían sido solo del 42%. Pero una vez terminaron el contrato, reconocieron que el avance era del 88% y que para utilizar la obra tocaba esperar hasta el 2018 para que se hicieran otras obras complementarias. ¿Era un plan de desinformación?

Como fuere, es sospechoso que faltando solo el 12% para terminar un proyecto de esta magnitud, prefirieran abrir otra licitación que costará más dinero y más tiempo, porque, a cuentas rápidas de tendero, sale más cara el agua que los huevos. Por un lado, Carlos Collins indicó que con los 80 mil millones de pesos que el Estado le debe y con seis meses más de tiempo terminaría lo que le faltaba; pero nos metieron una licitación por 238 mil millones de pesos, casi cuatro veces más, proyectado para el primer semestre de 2018, eso sin contar que los 80 mil millones de Collins hay que pagárselos porque son riesgos geológicos reconocidos y obras ya ejecutadas, lo que quiere decir que el interés oculto o el caprichito de Vargas Lleras y su combo le costará al pueblo colombiano la bobadita de 318 mil millones de pesos.

Pero esto no es todo. Cierto día medio desparchado, me puse a investigar los detalles de la licitación de los famosos equipos electromecánicos, sin los cuales, aunque Collins hubiese terminado el 30 de noviembre de 2016, no se podría poner en funcionamiento el Túnel de la Línea. Y encontré que el contrato de Collins incluía los diseños de la instalación de estos equipos sin costo adicional, equipos que fueron entregados advirtiendo que el valor máximo sería de 255 mil millones de pesos; pero desde el Invías decidieron cambiarlos, pagar por unos nuevos y licitar los mismos por 363 mil millones de pesos y con 30 meses de plazo a un único proponente que se presentó muy atinadamente sobre el valor exacto del presupuesto oficial. Esta empresa, llamada “Disico”, de la ciudad de Manizales, por lo que he indagado con los grandes constructores del país, es una desconocida en el gremio de la ingeniería y de la que no se sabe experiencia en el campo licitado, aunque seguramente el director de Invías, por ser oriundo de la misma ciudad, la conozca y nos pueda hablar de ella.

Esto parece una novela de elites corruptas en la cual cada vez la madeja se enreda. Y después de lo que el país ha vivido con la corrupción de los Nule y ahora con el caso de Odebrecht, podríamos estar advirtiendo de un caso grave de detrimento patrimonial y contratación amarrada para garantizar recursos en la financiación de futuras campañas políticas.

Pero quiero rematar este artículo contando el capítulo de “Versalles”. Lleva este nombre, porque es un intercambiador vial que busca la conexión rápida entre el centro del país y el puerto de Buenaventura, uno de los fines fundamentales del proyecto de la Línea. Pese a tener también los diseños definitivos sin ningún costo adicional, porque ya estaban incluidos dentro del proyecto, desde el Invías deciden pagar nuevamente y cambiarlo por uno que no solo aumentó en 1,1 kilómetros el recorrido a Buenaventura, sino que incrementó el costo, pasando de 73 mil millones de pesos a 101 mil, 30 mil millones más.

¡Vaya! son muchas coincidencias en la manera como se han dado las cosas en esta megaobra; desde la proyección de la entrega del proyecto para el primer semestre de 2018, año de elecciones presidenciales y en las que ya se sabe que el autócrata de la contratación en Colombia, el vicepresidente Vargas Lleras, va a participar, hasta el encuentro que tuvo el mismo Vargas Lleras el 14 de Junio de 2014 en el restaurante “Matiz”, en el norte de Bogotá, cuando le mandó un claro mensaje de amenaza al ingeniero Carlos Collins a través de su nieto, quien estaba en compañía del congresista Rodrigo Lara, que le había llegado la hora de quitarle el contrato del Túnel de la Línea.

De todo esto somos los colombianos las únicas víctimas; y la verdad es que me duele el bolsillo más aún con la reforma tributaria que nos metieron a sabiendas que somos nosotros los ciudadanos los que terminamos pagando con impuestos los intríngulis de los políticos que se tomaron este país como su finca para usufructo personal y hacer negocios aprovechándose de la necesidad de desarrollo y de la ignorancia colectiva. ¡Pero, claro, como aquí está el bobo!

Muchas conclusiones podrían sacarse del triángulo de esta novela. Para los colombianos: el que no sabe es como el que no ve; para Vargas Lleras y su combo: las cosas caen por su propio peso, más cuando son de cemento; y para Carlos Collins: a pan duro, diente agudo.

* Periodista, exdirector de relaciones políticas y mediáticas del Túnel de la Línea.

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