Por: Diana Castro Benetti

El jardín

Hay jardines donde circula la luz como testigo de los colores y de la bruma. Jardines que son la más loca imaginación de los poetas o jardines que evocan el amante distante.

 Llenos de lirios de agua o de sordas piedras, cada jardín tiene la emoción de quien lo cuida y el desprecio de quien no lo mira. Las flores que los habitan se abren en sus matices y se dejan poseer por algo más que la vida misma.

Como símbolo de transformación silenciosa, lo que sucede en un jardín es la gran alquimia. Llegan los vientos, las lluvias o la maleza; se marchita lo bello o vencen las plagas. Es un baile con lo sórdido, además de lo sublime como si las arañas que cuelgan y descuelgan sus tejidos, fueran las guardianas de un telar infinito. Un jardín es un paisaje diminuto, una sensación de horizonte y de entrega. Es conexión presente en el retrato de quien lo observa. La albahaca, la menta y el jazmín develan enigmas y desanudan laberintos; arbustos que dan sombra y variedad de aromas que anuncian pasiones. Los jardines no son lo que se ve; son los paraísos de las conjeturas.

Y a pesar de que un jardín pueda ser el espejo de todo un universo, este mundo que habitamos, a veces, está bien lejos de ser el atisbo del edén. Al contrario, puede ser la selva donde la mezquindad, la pus y la podredumbre se mueven como aguas espesas y puede ser, también, la experiencia del miedo, una peste que contamina la sangre hasta lo abyecto de un asesinato. El mundo nos sucede inexplicable, hostil, confuso, indomable, donde la sevicia se amalgama con el poder o el infierno es toda afrenta a los cuerpos. El mundo, que es la casa y que acomoda mentiras y desazón, se expone en su desconfianza para convertir la amenaza en ley cuando, como en variaciones de lo monstruoso, le juega a la más asquerosa fealdad de una bomba atómica. El mundo no es un jardín de inocencias.

Pero el nuestro, el propio, el jardín que cada quien crea lejos de los ruidos, es lugar sacro y refugio. Es ahí donde nacen los besos, las utopías y los caminos sin tiempos. Es ahí donde las pieles aprenden a existir hasta que la suavidad se confunde con la alegría y la entrega es totalidad. El jardín interior es la luz de las estrellas más vivas, el símbolo del misterio y el nido para cada una de las aves del paraíso recobrado. En el jardín interior sucede el juego de la unión erótica como pócima y preámbulo para una liberación anhelada. Es en este jardín en particular donde el amor sucede sin la prisa de los tiempos o el adiós. Es el lugar de la simpleza y la inocencia mística porque, como viaje de todos los días, el propio jardín es la única magia que diluye las incertidumbres del mundo que nos refleja.

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