Por: Arturo Guerrero

El lucrativo dineral del plebiscito

Dice el Registrador Nacional que el plebiscito por la paz le costará al país 350 mil millones de pesos. Y saltan muchos a considerar la cantidad de escuelas que podrían construirse con esa plata.

En especial porque los ilustres juristas, tan abundantes para hacer leyes y trampas, se han cansado de dilucidar que el tal plebiscito no era jurídicamente necesario. Que a ningún pueblo se le debe peguntar si quiere la paz, algo tan obvio.

Lo cual significa que los acuerdos de La Habana habrían podido consolidarse con la única bendición del presidente de la República. De manera que ese tercio de billón es un derroche que tendremos que pagar todos, acogotados por la reforma tributaria.

Pues bien, esa es la realidad jurídica pero no es la realidad completa. La Constitución y las leyes, en últimas, son papeles que se acomodan a la erudición tartufa de los abogados. Y no siempre estos triunfan en el esfuerzo de apretar los hechos tozudos para que quepan en sus incisos y otrosíes.

Resulta que Colombia ha vivido el siglo XXI bajo la férula de la fuerza política más terca e intemperante que recuerden los últimos setenta años. Desde la sevicia de pájaros, chulavitas y sus mentores civiles y reverendos, no se veía tamaña testarudez. 

Se creía que las Farc, con su arcaísmo, calcáreos manifiestos rojos y combinación de formas de lucha, jamás se moverían de sus tiros fijos: toma del poder, abolición de propiedad privada, censura de medios, comunismo de patria o muerte.

Pues bien, en cuatro años de conversaciones todo lo sólido se les desvaneció en el aire. De algún lado les vino la sensatez, convinieron sumar patria y vida. Casi treinta años después de la debacle internacional del comunismo, se miraron al espejo como reptiles extinguidos.

Esta metamorfosis que nadie habría imaginado en el siglo XX se patentó antier en Colombia, mientras en el extremo opuesto de la cosa pública se petrificaba aquella fuerza ultra de la derecha, conocida como uribismo.

Lo grave de ella no es el líder, glotón del poder, pasto de caricaturas, hacedor de frases bufas. Lo serio es que este jefe minúsculo piensa, ambiciona, habla e insulta tal como lo hace la mitad de la población.

No representa a esa mitad. Mediante una prédica sostenida en embustes, medias verdades, dialéctica enrevesada, logró sacar a flote la peor versión de esa humanidad atemorizada y escaldada por tantos años de guerra y aullidos.

En esta forma aglomeró una torrente que hoy dice no a los acuerdos de paz. Más que un partido o movimiento deliberante, son una religión. No admiten razones pues para eso están las arrogancias y repugnancias propagadas desde Twitter. Reflexionan con las vísceras.

Hay tal vez un mecanismo que los desmonte de su Sinaí: el comprobarse como minorías, el sentirse arropados por un alud de buenas voluntades. Quizás esta pedagogía electoral les aclare que la historia sí avanza y que ellos se aferran al vagón de cola.

Esta es la virtud del plebiscito, puede ser la virtud del sí. Por eso vale, por eso cuesta un tercio de billón.

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