Por: Jorge Iván Cuervo R.

El machismo agresor

Me crié en un ambiente machista, me eduqué en un ambiente machista, me muevo en un ambiente machista, y soy machista como difícilmente no podría serlo, pero con vergüenza.

De los muchos males que tienen las sociedades contemporáneas, uno de los peores es el machismo y la violencia física y simbólica contra la mujer, como algo natural, como algo que sucede normalmente en las relaciones entre hombres y mujeres.

Las cifras de violencia contra la mujer son alarmantes en todo el mundo. Según cifras de ONU Mujeres de 20012, “se estima que el 35% de las mujeres de todo el mundo ha sufrido violencia física y/o sexual por parte de su compañero sentimental o violencia por parte de una persona distinta a su compañero sentimental en algún momento de su vida”, y esto parece ser común en todas las culturas. Amigas que viven en países nórdicos, los más civilizados del mundo según indicadores de desarrollo humano, me cuentan que allí la violencia contra la mujer es pan de cada día, y eso se repite en Estados Unidos, España, Argentina, Chile, Turquía, Nigeria. Es un hecho generalizado y normalizado por la cultura.

El feminismo ha sido la revolución cultural más importante de los últimos 60 años, eso de poner a la mujer en igualdad de derechos frente al hombre es equivalente a cuando se abolió la esclavitud y constituye un logro enorme para la humanidad.

Mi colegio en Armenia inicialmente era solamente de hombres y la llegada de mujeres en segundo grado fue toda una revolución, para bien, porque desde ahí empezamos a compartir con ellas, a entenderlas y apreciar su sensibilidad. La mejor estudiante era una mujer y hoy estoy seguro que la vida en el colegio no hubiera sido tan grata y enriquecedora sin la presencia de las mujeres, que sin duda son mejores amigas que los hombres, dada su mayor elaboración emocional.

A través de los ojos de mi hija de 16 años he aprendido lo difícil de la vida cotidiana para una mujer en una sociedad como la colombiana y en una ciudad como Bogotá, expuesta todo el tiempo al piropo ofensivo, el manoseo en la vía pública, la discriminación en el aula donde sus compañeros hombres se pusieron de acuerdo para no votar por ella para el consejo estudiantil de su colegio porque no querían ser representados por una mujer.

Por eso es tan dramático que el debate sobre la equidad de género haya terminado distorsionado por sectores conservadores en el contexto del plebiscito, o que Donald Trump, un maltratador y acosador sistemático pueda llegar a ser presidente de los Estados Unidos, contra una mujer, porque como me señalaba un amigo que vive allí, tal vez ese país no está preparado para ser gobernado por una mujer, como mucha gente de mi entorno me lo dice de Colombia.

Por eso también es grave el acoso de que ha sido objeto la escritora Carolina Sanín por un grupo de matoncitos digitales que se hace llamar los Chompos no sé qué, del que hacen parte estudiantes de distintas universidades, pero que tiene su presencia real más importante en la Universidad de Los Andes, un grupo con antecedentes de hostigamiento real a mujeres, gais y estudiantes de escasos recursos como el caso de Sol Fonseca, y sobre lo.cual la universidad ha tenido una actitud de indiferencia cómplice. Algunos y algunas han justificado el acoso a Sanín por sus actitudes fuertes como si las mujeres tuvieran que demostrar certificado de buena conducta para defender sus derechos.

La voz de Sanín, como la de Catalina Ruiz, la de Florence Thomas, entre otras, son voces valiosas que es necesario proteger y afianzar en la esfera pública a ver si podemos avanzar en igualdad de derechos entre hombres y mujeres, y que eso no se vea como una concesión graciosa, porque tan lindas ellas.

@cuervoji

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