Por: Santiago Villa

El mundo en Bogotá

El legado de Álvaro Castaño visto desde mi generación: la última que escuchó la HJCK en frecuencia modulada.

Pertenezco a la última generación de colombianos para la que el cuarto movimiento de la Sonata para violín en Sol menor de Bach representa una postura ante el mundo, un Weltanschauung. Su ondulante melodía introducía al anunciante de la HJCK, la única emisora cultural privada y no universitaria del país, fundada en 1950 por Álvaro Castaño Castillo, quien falleció el pasado martes 9 de agosto.

Hace exactamente 61 años, cuando Álvaro tenía la misma edad que yo, soportó su primera y quizás única agresión policial a manos de agentes de una dictadura que, así fuese más bien modesta en comparación con los sangrientos regímenes de otros pueblos hermanos, fue con la que le tocó a su manera lidiar.

El 4 de agosto de 1955, el general Gustavo Rojas Pinilla ordenó cerrar El Tiempo, el otro diario de circulación nacional que era de filosofía liberal junto con El Espectador, periódico que también clausuró. Álvaro llevó sus equipos al Hotel Tequendama para grabar el discurso que, a propósito de la censura estatal, pronunció Alberto Lleras Camargo, entonces rector de la Universidad de los Andes, jefe del Partido Liberal y uno de los principales opositores de Rojas. Ese fue el comienzo del fin de la dictadura y el testimonio en audio de Álvaro es el único que existe.

"Los equipos eran pesadísimos porque yo llevaba dos grabadoras, una en cada mano", recordó irguiendo su espigada figura. "Mientras tanto los policías que Rojas había mandado para tratar de sabotear el evento aprovechaban para darme patadas en las espinillas".

Álvaro me contó esta anécdota una mañana en la oficina de la emisora, en ese entonces ubicada en una casa de la Carrera 12 con Calle 82, donde era posible escuchar la música de Stravinsky, Haydn o Mendelssohn, la voz de Billie Holliday o la guitarra de B.B. King incluso desde fuera, frente a los antejardines de residencias que se demolieron hace al menos una década para construir una hilera de tiendas Zara, Lacoste y Converse; al frente del Centro Comercial Andino y del Centro Comercial el Retiro.

Repetía esta historia con frecuencia y estaba, con razón, orgulloso de ella. Yo tenía 18 años y fui invitado a leer en sus micrófonos el primer texto que publiqué en prensa: un cuento corto -y melodramático- que salió en el Magazín Dominical de El Espectador.

Comienzo con la política y no con la cultura -que es por lo que más se conoce a la emisora-, porque el espíritu que animó a la HJCK fue el de la libertad de expresión como un componente ético esencial de la vida civilizada, en el mejor sentido de esta palabra con tan resbaladiza semántica.

"Una emisora para la inmensa minoría", su lema de cabecera, es no sólo una acertada e ingeniosa manera de retratar ese gusto de nosotros, los bichos raros, por la música culta, la poesía y el arte, sino también el principio y el propósito mismo de la democracia: un sistema que en su aplicación más noble es para proteger a "las inmensas minorías". Supongo que Álvaro no se hubiera opuesto a esta interpretación política de su mensaje.

Por eso el término que durante muchos años Álvaro usó para describirse, "apolítico", no coincide con la imagen que tengo de él. Fue apartidista, sin duda, pero no apolítico.

No fue una coincidencia que los años durante los que floreció la HJCK hayan sido también la "edad de oro" de la vida cultural colombiana. En el 2006 trabajé con Patricia Castaño, sobrina de Álvaro, y con Rodrigo, su hijo -que tristemente falleció en febrero del año pasado-, en una serie de radio sobre la historia de Colombia, basada en el inmenso y riquísimo archivo de voces que Álvaro acumuló durante casi 50 años.

Me demoré mucho más de lo que debí escribiendo los guiones porque tardaba demasiado escarbando y escuchando, por ejemplo, a Gabriel García Márquez hablar en 1955 de su hobby, que era coleccionar corbatas y pesadillas; a la crítica de arte argentina Marta Traba describir a las jóvenes promesas del arte, entre ellas Fernando Botero; y al novelista Álvaro Mutis describir porqué el personaje de la historia que habría querido encarnar era Calígula.

Álvaro Castaño donó el archivo de voces a la cadena pública RCTV en el 2014. Me consta que una parte considerable de las grabaciones, al menos las más interesantes y valiosas, ya están digitalizadas porque yo mismo prioricé su orden cuando diseñamos la serie radial. El gobierno colombiano haría un invaluable aporte a la divulgación de la cultura y la historia creando una plataforma pública para su consulta por internet, como se anunció hace dos años. Señor Ministro David Luna: que sea la muerte de Álvaro un motivo para darle fecha límite al lanzamiento público de este proyecto; así sea con lo que ya existe en formato mp3.

Comprendo que digitalizar la parte del archivo que aún se encuentra en formato análogo es dispendiosa. Así lo constaté cuando escuchaba las cintas magnetofónicas en un artefacto arcaico, pues a cada momento se rompían y debía pegarlas de nuevo. Fue así como entendí que Álvaro era también un artesano; la HJCK fue una obra de vida que construyó literalmente con sus manos.

Este archivo de voces es sin duda su legado tangible, así como la emisora que se sigue trasmitiendo en un portal virtual.

Lo intangible es más complejo de precisar. La cultura, en especial en Colombia, es una causa siempre al borde de estar perdida, si es que no la perdimos hace rato y no nos hemos percatado. Álvaro nunca la abandonó: incluso cuando derribaron la casa de la HJCK para poner almacenes y la emisora padeció su doble exilio, inmobiliario y radial. Este ejemplo no pasó desapercibido para nosotros. La mía fue la última generación que se crió sin internet en un país de endémico provincialismo e histórico aislamiento. Era contagiosa esa convicción de Álvaro en que la cultura y una vida en ella hacía posible un absurdo tan evidente como el otro lema de la HJCK: "El mundo en Bogotá". De esa enfermedad algunos nunca pudimos curarnos.

Twitter: @santiagovillach
 

 

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