Por: Santiago Gamboa

El no que quiere disfrazarse de sí

El uribismo, con su campaña por el no en el plebiscito, tendrá que enfrentar una tal maraña de malentendidos y sinsentidos que, como ya se predijo en esta columna, será su responso fúnebre, pues la idea que pretenden transmitir es una absoluta contradicción, en el lenguaje y sobre todo en la realidad.

La frase con la que Uribe anunció la posición de su partido frente al plebiscito ya es un disparate. Él dijo: “Solamente nos queda la opción de decir sí a la paz votando no al plebiscito”. ¿A ver? Si la escuchamos —o leemos— de nuevo, vemos que eso que Uribe dijo seguramente no es lo que pensó decir, pues lo que esa frase afirma es que él opta por el no a que el plebiscito se haga. Para decir lo que yo supongo quería decir, la frase correcta sería: “Solamente nos queda la opción de decir sí a la paz votando no en el plebiscito”.

Esto es sólo un pequeño ejemplo de cómo su deseo de disfrazar un no de sí va contra la lógica, y continuamente los llevará a él y a los suyos a decir bestialidades y disparates. Y esto por algo elemental y es que no hay un intermedio entre el sí y el no, del mismo modo que no lo hay entre los conceptos guerra y paz. Por mucho que Uribe intente suavizar la posición de su partido, decir no a la paz es decirle sí a la guerra. Y viceversa. Porque guerra y paz son opuestos absolutos en los cuales la presencia de uno elimina por completo al otro: como la luz y la oscuridad. Por eso argumentar que el no a la paz es en el fondo un sí a la paz, pero con otro método, es no sólo una contradicción, sino una empresa imposible en la actual realidad colombiana.

Veámoslo de este modo: en el contexto del plebiscito sobre el proceso de La Habana, ¿qué es la paz? Es evidentemente la suma de los temas que un grupo de negociadores de ambos bandos consideró vitales, que fueron negociados no sin dificultad durante varios años y sobre los que ahora, por fin, han logrado un acuerdo. Es decir que la paz que hay es esta y no otra. Para negociar otras cosas y en otros términos habría que empezar otra vez, probablemente desde cero, y construir una paz diferente que, para poder ser enunciada como hace Uribe, tendría como mínimo que contar con el reconocimiento de los rivales del Estado, las Farc, que son la otra mitad del proceso de paz. Porque de no ser así, ¿con qué grupo piensa Uribe hacer la paz que le promete a Colombia a cambio de esta? Si Uribe nos pide a los colombianos que abandonemos esta paz de ahora por otra paz, la suya, tendría que tener ya en la mano el sí de las Farc para considerarla. De lo contrario sería una mera especulación o una falsedad, pues estaría prometiendo a los colombianos algo que no tiene.

Por eso es obvio que el no a la paz, en el plebiscito, es el sí a la guerra, pues tal como están hoy las cosas las Farc nunca aceptarán reiniciar un proceso de paz con Uribe, cuyas condiciones para negociar con la guerrilla no son las de un proceso de paz, sino las de una rendición. Porque lo que quiere Uribe es conseguir en la mesa lo que no pudo obtener en el campo de batalla durante sus ocho años de guerra, que es eliminarlos de la vida nacional. Y por eso lo que ahora quiere es más guerra, justo lo contrario de lo que anhela la mayoría de los colombianos.

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