Por: Santiago Gamboa

El Nobel y la envidia

La verdad es que no salgo de mi asombro al ver cómo para mucha gente, en Colombia, el premio Nobel de la Paz que este sábado recibe el presidente Santos es algo sin valor o a lo sumo de mediana valía, como si fuera un hecho banal que sucede con frecuencia y ante el cual el mundo permanece indiferente, cuando es justamente lo contrario: una de las pocas cosas que la entera comunidad de naciones reconoce, un valor universal que, además, supone para el país una segunda estrella (después del Nobel de Literatura) en ese palmarés planetario.

Pero es normal si vemos que detrás de ese intento de desprestigiar al Nobel están los mismos que han estado saboteando cada uno de los peldaños del proceso de paz, y que hoy podemos definir como los del Nunca. Como es su costumbre, hicieron una intensa campaña de desinformación —parecida a la del plebiscito— basada sobre todo en la ignorancia y la falta de cultura y educación, pero esta vez motivada por uno de los sentimientos más perturbadores y negativos que pueden invadir el espíritu humano, el que mayor bilis negra requiere y que, según se dice, en Colombia abunda, que es la envidia. No me consta que aquí se sienta más envidia que en otras partes, pues descreo de esas teorías que intentan establecer “caracteres nacionales” (que somos los más felices o los más astutos o los más tontos), pero no me cabe duda de que en las filas de la oposición de ultraderecha, es decir el Centro Democrático y en concreto el senador Álvaro Uribe, este sábado se tragará mercurio cromo de la envidia, y esto corroerá sus intestinos y les hará sentir un sabor agrio en la boca cuando se abalancen sobre los asados o almuerzos sabatinos o se tomen esos primeros traguitos previos a la celebración de la Novena. Supongo que la mayoría permanecerá por prescripción médica lejos de los televisores, pero tendrán a su gente estudiando cada palabra de lo que se diga y del discurso de Santos para, luego, después de un buen canelazo y cuando hayan terminado de cantar el “Ven a nuestras almas, Jesús, ven, ven”, empezar la cotidiana labor de menoscabar, rebajar, denostar, injuriar y envilecer este premio, que en términos de algunos fue comprado por el comunismo mundial para Santos, demostrando en cada una de sus disparatadas objeciones no sólo su grosería y necedad, sino sobre todo su ignorancia.

Ya he escrito en esta columna que Aristóteles definió la envidia como el “dolor ante el bien ajeno”, y por eso, ante un Nobel que fue conferido al presidente, pero que es un claro reconocimiento a Colombia y a sus víctimas, a su capacidad de reaccionar ante la insensatez, el hecho de que algunos políticos se dejen carcomer por la multiforme envidia y lo rechacen con argumentos necios es, aparte de una actitud infantil, una bofetada al propio país que está siendo reconocido universalmente y al que ellos, por absurdo, anhelan con avidez volver a representar. ¡Cuánto no daría el supuesto Gran Colombiano por estar ahí, de frac, recibiendo la medalla! ¡Con cuánta energía intentaron sabotear, combinando todas las formas de lucha, para que ese premio no recayera en Colombia y no le fuera conferido a Santos! Sólo les deseo que en sus botiquines finqueros haya Mylanta, eficaz contra la acidez de estómago.

 

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