Por: Santiago Montenegro

El otro conflicto

Con la firma del acuerdo se plasma el fin de las negociaciones entre el gobierno y las Farc, pero también se marca la intensificación de un conflicto de narrativas sobre la naturaleza de la confrontación histórica.

En realidad, el conflicto de narrativas ha existido siempre en el lenguaje que han utilizado unos y otros. Por ejemplo, para la guerrilla y sus simpatizantes y para muchos analistas extranjeros, la confrontación entre el Estado y la guerrilla ha sido un guerra que ha existido desde hace medio siglo. Según algunos, no importa llamarlo guerra o conflicto, porque dicen es solo una diferencia semántica. Otros argumentan que el lenguaje es parte de la negociación y hablar de guerra es una concesión que es necesario hacer para llegar a la firma de un acuerdo.

Puede ser que sea necesario hacer este tipo de concesiones semánticas, pero eso no quiere decir que el lenguaje se ajuste siempre a la realidad histórica. Porque cuando se habla de una guerra, se habla también de ejércitos e, implícitamente, de Estados que combaten por el dominio de un territorio. ¿Es correcto, entonces, definir a las Farc como un ejército que han representado un Estado emergente con dominio territorial? Por supuesto que no.

Por más larga y dolorosa que haya sido, nuestra confrontación jamás ha sido como la guerra civil de los Estados Unidos, o como las guerras mundiales, o la guerra de Corea, la guerra contra los talibanes en Afganistán o como lo que sucede actualmente en Siria. Ni siquiera como el conflicto de El Salvador, en donde la guerrilla llegó a controlar partes importantes del territorio e incluso barrios completos de San Salvador, durante meses.

En Colombia, las Farc jamás llegaron a tomar y menos a controlar durante un tiempo significativo una capital de departamento, ni siquiera una ciudad pequeña. Mas aún, a diferencia de la guerrilla nicaragüense o salvadoreña, jamás ha marcado más del margen de error en la favorabilidad de las encuestas de opinión.

Jamás lograron ni este control territorial ni un apoyo de opinión, a pesar de los inmensos recursos financieros que lograron a partir de los 80 o a pesar del apoyo de los gobiernos vecinos desde comienzos del nuevo siglo. Hasta la primera mitad de los 80, las Farc no contaban con más de unos 600 miembros y fue solo cuando ingresaron al negocio del narcotráfico que comenzaron a crecer y expandirse a unos 15.000 miembros al finalizar el siglo XX.

Pero ni con esos recursos, ni con la polarización política que produjo el llamado Proceso 8.000, ni con la subsecuente división del Ejército, ni con la zona de distención de San Vicente del Caguán, ni con el santuario y la ayuda de los países vecinos lograron un cambio cualitativo sustancial en la correlación de fuerzas con el Estado. No se puede hablar ni siquiera de empate militar. Al contrario. Estos hechos propiciaron un crecimiento importante y la reorganización de las fuerzas armadas, que tuvo como consecuencia una derrota contundente en el nuevo siglo.

Fue esa derrota —que tampoco fue una aniquilación— lo que condujo a la guerrilla a la mesa de negociación.

Con base en esta narrativa, muchos colombianos hemos apoyado este proceso de negociación. Pero aceptamos que puede entrar en contradicción con otras interpretaciones. Así debe ser el debate en un Estado democrático y liberal como el nuestro.

 

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