Por: Santiago Villa

El peligro de una mala relación Trump-China

La agresividad de Donald Trump hacia China no desatará una guerra nuclear, pero sí debilitará más a los Estados Unidos y afectará la solución de problemas mundiales.

En China se rumoraba que el Partido Comunista estaba satisfecho con la elección de Donald Trump, porque su victoria le demostraba al mundo que la democracia no funciona. Además, para China siempre ha resultado más cómodo tener a un republicano que a un demócrata en la Casa Blanca. Los republicanos insisten menos en los temas que hieren la susceptibilidad de las autoridades chinas, como el respeto a los derechos humanos, la ausencia de libertad de expresión, y la situación de las minorías en las regiones de Tibet y Xinjiang.

Richard Nixon, de hecho, fue el presidente que revivió las relaciones entre Estados Unidos y China, en 1972, después de más de veinte años de interrupción. Cuando la masacre de Tiananmen, en 1989, fue el gobierno republicano y sus pares en el Congreso quienes minimizaron las sanciones de Estados Unidos hacia China.

Durante las últimas semanas, por demás, no han faltado los cínicos que celebran el suicidio del imperio estadounidense, al elegir a un idiota incompetente para la presidencia.

Ahora el Partido Comunista, que tiene como valores supremos en su política la estabilidad y la armonía, padece la turbulencia desencadenada por el hecho que la presidencia de los Estados Unidos esté en manos de un patán impulsivo, cuyo interés principal es seguir enriqueciendo a sus amigos y a su familia, alimentar su vanidad y posar de macho-alfa mundial.

Si bien la intención de China no es, como temen los paranoicos, conquistar el mundo, la República Popular de China sin duda tiene la expectativa de jugar un papel protagónico en el escenario global. No en vano es la segunda potencia mundial. Sus intereses inmediatos son, en orden de prioridad, asegurar la integridad indiscutida de sus fronteras terrestres, incluidas las regiones de Tibet y Xinjiang; mantener el dominio sobre corredores marítimos para sus navíos -y aviones-, pues de ello depende su supremacía militar en Asia; y lograr que las "provincias renegadas" y ex-colonias (Taiwán, Hong Kong y Macao), gradualmente graviten hacia integrarse en una sola China bajo el liderazgo del Partido Comunista. Todo esto bajo el supuesto de que China jamás volverá a ser invadida o humillada por un poder extranjero. 

El juego de Estados Unidos es complejo. Quiere mantener su influencia en Asia y asegurar un mayor equilibrio de poder entre China y sus vecinos, pero su dependencia económica hacia China es cada vez mayor, así como la necesidad de coordinar con su contraparte temas de urgente solución global, de la crisis ambiental a la estabilidad financiera. Una diplomacia eficaz hacia China es un delicado juego de equilibrio entre estos intereses y limitaciones.

Trump ha optado por asumir que la mejor solución a dicho juego de equilibro es tumbar el castillo de naipes de un manotazo, e imponer el ambiente de incertidumbre propio del empresario que busca renegociar un contrato desde cero. Al menos esto es lo que interpretamos que está haciendo. En realidad es casi imposible leer la mente de una persona que, si bien es sagaz y maquiavélica, también se comporta como un imbécil arrogante.

China, sin embargo, no tiembla. Una posición agresiva hacia China es, comercialmente, más perjudicial para los Estados Unidos que para aquel país, porque en una democracia el gobierno tiene menos control que en una dictadura comunista sobre los factores económicos.

Hay muchas medidas informales que China puede tomar contra las empresas estadounidenses sin cambiar su legislación. Puede echar mano de presiones aduaneras, problemas o demoras con la aprobación de permisos, revisiones fiscales, poca celeridad burocrática, conceder menos visas de negocios y por menos tiempo, en fin. Respuestas similares desde Estados Unidos serán más difíciles de coordinar, y será menos probable que tengan el apoyo de la comunidad empresarial estadounidense. En ese frente, China siempre podrá pegar más rápido y más duro.

Finalmente, Estados Unidos necesita a China para encontrar soluciones a los problemas mundiales apremiantes. Si bien los temas ambientales y climáticos no serán atendidos durante la presidencia Trump, no es posible fortalecer el sistema financiero y reducir los efectos de la llamada "guerra de divisas" sin una colaboración con China.

Una mala relación entre las dos principales superpotencias no le conviene a nadie, salvo quizás a Rusia, que desde la guerra de Corea se ha beneficiado de que China y Estados Unidos estén enfrentados.


Twitter: @santiagovillach
 

 

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