Por: Eduardo Barajas Sandoval

El peligro del “great again”

Si cada quien se dedica solo a hacer grande su propia nación, terminarán entre todos, sin darse cuenta, por hacer un mundo más pequeño, más peligroso y más inútil.

El contagio de actitudes políticas radicales no es extraño en el contexto internacional, y se vuelve particularmente efectivo si se presenta dentro de tradiciones de imitación y aceptación de influencias, o por  temor a quedarse por fuera de las reglas del juego que se le ocurra imponer al más fuerte. Como suele suceder dentro del conjunto, todavía amplio, de países que giran en la órbita de los Estados Unidos y que encuentran ejemplo y guía en cada proceso electoral norteamericano, con sus cheerleaders y sus convenciones de Hollywood.

Prometedor y lleno de vaguedades, el lema de campaña de Trump, “Make America great again", lo llevó a la presidencia de los Estados Unidos aupado por millones de ilusos de aquellos que creen en palabras fáciles, y les basta con escucharlas para entregarse al que las pronuncie. El mismo slogan se puede extender con relativa facilidad, porque es aplicable en cualquier parte y puede ilusionar a amplios sectores del electorado, siempre dispuestos a entusiasmarse con justificaciones banales.

Desde los debates de las primarias, cuando casi nadie apostaba por el éxito de su candidatura, Trump dijo que no estaba dispuesto a que los Estados Unidos siguieran siendo el “botadero" de los problemas de otros; advirtió en contra de “influencias extranjeras contaminantes”; exigió que los países que alojan bases de los Estados Unidos paguen por el beneficio que ellas significan; observó que los diplomáticos de carrera son lerdos en comparación con los empresarios, se declaró en favor de negociadores fuertes en lugar de académicos, consideró que no es necesario alinearse con nadie en el Medio Oriente para poder servir de mediador, denunció el acuerdo con Irán sobre armas atómicas como una desgracia; propuso que los rusos se encarguen del Estado Islámico, que Alemania defienda a Ucrania, y que no se gaste ni un dólar en países que odien a los gringos, y concluyó que los tratados de libre comercio son un desastre, que hay que ser mucho más duros con China, que no le encuentra gracia a la política de una sola China…. que los Estados Unidos no se pueden dar el lujo de ser el policía del mundo, y que los británicos, al votar por su salida de la Unión Europea, lo que quieren es ver fronteras de verdad.

Sin perjuicio de que en otras oportunidades el mismo Trump haya dicho cosas diferentes, y hasta opuestas, sobre estos asuntos, la irrupción de la colcha de retazos de sus propuestas de acción internacional, hace pensar que la globalización contemporánea se puede aproximar a una crisis anunciada. Porque los llamados de un nacionalismo aislacionista, poderoso y vacío, a través de frases elementales para describir los problemas del mundo, fórmulas contundentes para manejarlos y gestos de perdón o condena en ejercicio de la potestad de decir la última palabra, permiten vislumbrar otra vez el escenario que ha llevado a tantas desgracias propias y ajenas.

El problema radica en que, en este momento de la historia, existen numerosos procesos y problemas de dimensión global cuya dinámica no depende ya exclusivamente de los Estados. Pensar que su manejo compete todavía a los centros tradicionales del poder político puede ser una equivocación, y tratar de frenar, acelerar, o de alguna manera modificar la dinámica de la vida internacional según el capricho de uno u otro gobierno, puede ser una torpeza.

Los actores a tener en cuenta a la hora de revisar las tendencias del mundo contemporáneo, para dilucidar aquello que le conviene a uno u otro, son muy variados. Claro que ahí están los Estados, protagonistas políticos por excelencia, pero también aparecen empresas de auténtica envergadura mundial, y toda una malla, de alta complejidad, de otros actores que mueven y tramitan los intereses más diversos en relación con oportunidades y problemas económicos globales, acciones de defensa ambiental, causas humanitarias y hasta actividades criminales que merecen atención porque no se encierran en ninguna frontera.

Hace ya mucho tiempo que se ha debatido sobre el ineludible proceso globalizante del modelo económico que ha conseguido dominar la mayor parte del mundo contemporáneo, y que lo afecta en su conjunto, volviéndolo cada día más inequitativo, sin que para ello sean obstáculo, en la mayoría de los casos, las fronteras ni el poder de los Estados. Si el nuevo presidente de los Estados Unidos decide, a la hora de la verdad, tratar de hacer todo lo que ha anunciado, en contravía de una globalización que en principio le resulta mucho más favorable que a otros, no tardarán en hacerse presentes las contradicciones, porque mal se puede ser al tiempo vanguardia y símbolo de un modelo y desconocedor del mismo.

Y si los demás países significativos dentro de las discusiones políticas, económicas, estratégicas, ambientales, culturales y religiosas del mundo de hoy se aventuraran también, a la Trump, a sacar adelante por encima de todo el interés nacional en su acepción más elemental, no solamente vendrían confrontaciones perjudiciales de la armonía internacional sino que quedarían muchos cabos sueltos a la hora de afrontar problemas específicos. Porque el reloj de la historia dejó ya atrás la época en la que los Estados eran los actores principales a la hora de tomar una u otra dirección. El escenario de encuentro para la solución de problemas comunes, y aún para el cumplimiento de obligaciones en procura del bien del conjunto de la humanidad, se vería reducido. También se achicaría el espectro de acción de los organismos que configuran una institucionalidad internacional que, aunque imperfecta, es preferible al retorno a la ley del más fuerte, las alianzas perversas, y el abandono de esos propósitos comunes que deben seguir siendo la simiente y el fundamento de la paz.
 

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