Por: Luis Carlos Reyes

El placer de descubrir las cosas

Un comentario frente al semestre académico que inicia.

Sería arriesgado que un estudiante no se preocupara por pasar sus clases con buenas calificaciones. Y sin embargo, sería ideal un sistema de valores académicos en el que sacar buenas calificaciones no fuera una prioridad, en el que los estudiantes pudieran sumergirse en lo que el premio Nobel de física Richard Feynman llamó el placer de descubrir las cosas.

Cuando le preguntaron a Feynman si pensaba que sus contribuciones a la física de verdad se merecían el Nobel, se rio y respondió: “A mí no me gustan las distinciones. Las aprecio a causa del trabajo que realicé, y por la gente que lo aprecia, y porque sé que hay muchos físicos que utilizan mi trabajo. No necesito nada más, no creo que nada más tenga sentido… El premio es el placer de descubrir las cosas, el impacto del descubrimiento, el observar que otras personas utilizan mi trabajo. Eso es lo único que es real. Las distinciones, para mí, son irreales”.

Feynman era un genio como pocos, pero la curiosidad que lo impulsaba está al alcance de todos. Por eso, al dictar clase, los grupos que más me preocupan son los que asienten cuando les pregunto si entienden, y además aseguran no tener preguntas. No se puede decir que los colombianos no valoremos el conocimiento como un ideal al cual aspirar. Pero quizá por eso es frecuente como una vergüenza que acompaña al no saber. Esa vergüenza es terrible, porque no saber es maravilloso. Descubrir cosas (así uno no sea el primero en hacerlo) es adictivo, y el primer paso para lograrlo es hacerse buenas preguntas a sí mismo y a los demás.

Ojalá este semestre que empieza los estudiantes universitarios se tomen como reto lo siguiente: acribillen a sus profesores a preguntas honestas, sean simples o complejas. Si alguien intenta hacerlos sentir estúpidos por preguntar algo “demasiado” básico, no hay que tenerle fe. Lo más probable es que tema que le pregunten algo que no sepa. Y quien le tenga miedo a eso es porque no se ha dado cuenta de lo inconmensurable del mundo ni de la imposibilidad de saberlo todo. Responder preguntas del calibre que sea es por lo que nos pagan, así nos toque decir “no sé, pero para la próxima clase le averiguo”. Y no hay experiencia más satisfactoria que cuando la respuesta es “eso no se sabe, y sería un excelente tema de tesis”, o “es una buena pregunta, y por responderla fulanito se convirtió en uno de los intelectuales más influyentes de su generación”. Cuando hay un ambiente de curiosidad intelectual en el aula, este tipo de respuestas se dan con más frecuencia de la que uno se imaginaría.

Al calificar un examen, una de las cosas más desalentadoras que hay es encontrarse con citas textuales de lo que uno dijo en clase. Son respuestas técnicamente correctas, pero que perfectamente pudieron no ser entendidas ni haber generado nuevas ideas. En cambio, da gusto leer una respuesta técnicamente incorrecta pero que aborda la pregunta de una manera creativa e inesperada, y que con algunos ajustes constituye una respuesta novedosa. Una respuesta así lleva a un cinco seguro. Es mejor tener menos erudición y más creatividad.

Hace poco escuché un comentario sobre un profesor que escribió un influyente libro de texto: “Ese tipo es un duro. Debe ser una cuchilla”. Me pareció curiosa la observación, porque habiendo sido alumno suyo, sé que lo que menos le interesa es deslumbrar estudiantes. Al contrario, vive tratando y con frecuencia logra convencerlos de que la econometría teórica es facilísima y fascinante. Emular  y transmitir ese espíritu casi lúdico frente al conocimiento es el reto que tenemos por delante los académicos.

Luis Carlos Reyes, Ph.D., Profesor Asistente, Departamento de Economía, Universidad Javeriana

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