Por: Salomón Kalmanovitz

El plebiscito

Estamos cerca de un punto de inflexión en el largo proceso de negociación para superar el conflicto interno. El Gobierno ha recurrido a algunos aliados políticos destacados para liderar el plebiscito que deberá prestarle el necesario respaldo popular.

La gestión del presidente, sin embargo, tiene una baja aceptación y los encargados de defender el plebiscito carecen de carisma para convencer a miles de colombianos que desconfían de las Farc y que consideran que sus comandantes deben ser castigados y excluidos de hacer política. La estrategia de divulgación del Gobierno es magnificar los beneficios que traerá la paz en términos económicos y sociales, mediante estadísticas y otras herramientas frías que no conmueven a la opinión pública.

Entre tanto, la derecha ha escogido una estrategia de movilizar los sentimientos bajos de los ciudadanos —el ánimo vengativo, el matoneo, la exclusión de la oposición en la política, la deformación moral de ministros y del propio presidente y la deshumanización de los comandantes de las Farc—, lo cual puede ser efectivo en eventos únicos como un plebiscito. Un tema recurrente es pintar el futuro de la paz como la entrega de la patria al castrochavismo, algo a lo que contribuyen los desmanes autocráticos del régimen de Maduro. En esta dura contienda, valen más los afectos que las razones en la decisión de rechazar la negociación para supuestamente comenzarla de nuevo y arrancarle nuevas concesiones a la insurgencia, es decir, una paz verdadera. Tanto Álvaro Uribe como el procurador repiten mentiras incesantemente acusando al Gobierno de perversión y traición a los valores tradicionales de la patria.

Parte de la estrategia difamatoria de Uribe y Ordóñez contra el Gobierno fue acusar a la ministra de Educación de imponer la ideología de género a los padres de familia, maestros y estudiantes del sistema educativo, lo que sería el plan de Santos para convertir en homosexuales a todos los jóvenes colombianos. Sin embargo, la ministra estaba obedeciendo una sentencia de la Corte Constitucional que obligaba a que se respetara la orientación sexual o las peculiaridades de los jóvenes, en especial a los que son sometidos al matoneo por sus compañeros y a veces por las propias autoridades académicas. Desafortunado que el presidente no haya defendido enfáticamente los valores liberales de la tolerancia frente al mismo matoneo de la caverna.

Los comandantes de las Farc no ayudan a disipar la desconfianza que despiertan entre la opinión. Su arrogancia y los tiempos lentos que imponen a la negociación les hacen perder esperanza a los colombianos. El Gobierno podría ayudar, otorgándoles una vocería en los medios de comunicación, para que el público los pueda reconocer como humanos y compatriotas, pero para ello las Farc deben mostrar humildad y afán de ser aceptados y perdonados.

El Gobierno podría agitar más el tema de que el gran beneficio de la paz es terminar con el sufrimiento y el miedo en que han vivido millones de víctimas, tratar de generar empatía entre los ciudadanos y los que perdieron a sus seres queridos y sus patrimonios en manos de la derecha paramilitar y de las Farc. Se trata de acudir a los sentimientos nobles de la solidaridad y de esperanza en el futuro que constituirán el puntal del proceso, contra los bajos instintos machistas y discriminatorios que la derecha pretende despertar entre la ciudadanía.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Salomón Kalmanovitz

El combate a la corrupción

Policía malo, policía bueno

La economía con Santos

Compás de espera

El desvanecimiento de la clase media