Por: Eduardo Barajas Sandoval

El referendo de Matteo Renzi

El riesgo mayor de referendos y plebiscitos es que los ciudadanos terminen votando guiados por sentimientos y consideraciones de coyuntura, sin ocuparse de conocer a fondo el asunto que se consulta y las implicaciones de su decisión.

Como si no se hubiera enterado de las lecciones del Brexit, el primer ministro italiano Matteo Renzi propone una reforma constitucional que se tramitará por referendo. Visto como un reformador que vino de la alcaldía de Florencia a instalarse en el poder con la promesa de cambiar cosas, Renzi seguramente pensó que después de vencer en las elecciones europeas había llegado el momento de proponer sus reformas. En este caso una enmienda constitucional centrada en la agilización de los procesos legislativos, que tendría como epicentro la reducción del poder del Senado.

A la propuesta por ahora no le va bien en las encuestas. Los italianos no parecen estar pensando en los tecnicismos de ajustes institucionales, y más bien han dado muestras de que entenderían el llamado a las urnas como una oportunidad para manifestarse sobre la situación del país en general, y en particular sobre el fantasma de una crisis bancaria de grandes proporciones y no confían en la habilidad del gobierno para manejarla. A ese paso, nada de raro tiene que no le dediquen mucho tiempo y esfuerzo a estudiar el tema por el cual les van a preguntar, y terminen por votar el referendo, en forma afirmativa o negativa, como si se tratara de la aprobación de la tarea del gobierno.

Conforme a la lógica del sistema parlamentario, si Renzi pierde tendrá que irse, dejando las cosas sacudidas por el debate de  un referendo infructuoso que no solucionó el asunto que se pretendía arreglar. Como se tuvo que ir Cameron en Gran Bretaña cuando cayó en la trampa de su propio invento, al someter a consideración general un tema que hacía ruido al interior de sectores de su Partido Conservador. Pero no basta con que se vaya el promotor de cada descalabro, pues precisamente ya se ha visto en el caso británico todo lo que trajo para la Europa comunitaria una decisión tomada aparentemente con el ánimo de protestar por cosas que no gustaban, sin conocer a ciencia cierta las consecuencias de la votación que resultó mayoritaria. De manera que la eventual salida de Renzi en Italia podría conducir al futuro triunfo de los euroescépticos, que han pensado ya en otro referendo en torno a un posible “Italexit”.

Lo que pasa en Italia, como lo que pasó en la Gran Bretaña, no es extraño. Suele suceder que la visión ciudadana de las oportunidades de expresión de voluntad popular sobre decisiones públicas sea muy diferente de la de los profesionales de la política y los orientadores de la sociedad. El ciudadano “del común” no está al tanto de los vericuetos de transformaciones institucionales y cuando es convocado a las urnas tiende a adoptar una posición afectada por la necesidad de manifestarse sobre asuntos diferentes. Además nunca falta quien ayude a tener en cuenta el contexto de la vida de cada país o de la gestión del respectivo gobierno. Como tampoco falta quien aproveche la ocasión para introducir las interpretaciones más variadas sobre las consecuencias de uno u otro resultado del veredicto popular, e inclusive quien aproveche simplemente para irse contra el gobernante de turno, convocante de la consulta. 

En torno a plebiscitos y referendos es normal que las cosas se compliquen en torno a las preguntas y las respuestas, que por lo general terminan por parecer muy simples para resolver situaciones complejas. Quien pregunta se ve obligado a simplificar para que la gente diga sí o no a una pregunta aparentemente sencilla; y tiene que hacerlo así, porque al someter a votación punto por punto corre el riesgo de que se rompa la armonía de los elementos de la decisión. Quien responde, por su parte, se siente insatisfecho y un poco constreñido a responder afirmativa o negativamente, con un monosílabo, a una pregunta que encierra muchos elementos; entonces, ante la imposibilidad de votar punto por punto de los que por lo general integran el conjunto del problema por resolver, prefiere abstenerse o termina por votar pensando en otras cosas y con el ánimo de protestar por una situación que no le gusta.

Frente al poderoso torrente de la sabiduría popular es muy difícil sustraer del contexto político y del ánimo nacional el tema de un referendo o un plebiscito, porque el proceso histórico es uno solo y mal podría esperarse que la ciudadanía hiciera abstracción de las circunstancias del momento y fuera capaz de tratar uno u otro tema de manera aislada. De ahí que la oportunidad de convocarlo, la forma como se haga, o el hecho de no hacerlo, son muestra de la maestría política de un gobernante.

En un ambiente democrático siempre será bueno que se consulte a los ciudadanos sobre las grandes decisiones del Estado. Pero la consulta sobre asuntos fundamentales no implica solamente responsabilidades para el gobierno, sino que exige mucho de la ciudadanía. Requiere primero que todo de un interés por las cosas públicas, que no es tan evidente aún en democracias avanzadas, a juzgar por hechos y procesos recientes. Requiere también de un trabajo muy grande de pedagogía política, que no debe ahorrar esfuerzos honestos en la difusión del conocimiento y la explicación exhaustiva de lo que se propone, además de reflexiones sinceras, nunca tendenciosas, sobre las consecuencias de votar en uno u otro sentido. Todo esto forma parte de las tareas de los partidos políticos, de las organizaciones ciudadanas y de todos los focos posibles de discusión sobre las incidencias de la vida diaria, para que las decisiones que se tomen no sean resultado de una más o menos exitosa tarea de mercadeo político, sino que, más allá de las emociones, la ciudadanía, en la medida de sus posibilidades, pueda obrar con responsabilidad y sentido de la historia.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Eduardo Barajas Sandoval

El general educador

El despido de los guiñoles

Un relevo inaplazable

El retorno de Mahatir

Política exterior de facto