Por: Ramiro Bejarano Guzmán

El reino de la camándula

Que equivocados estábamos quienes creíamos que a partir de la Constitución del 91 saldríamos del oscurantismo y el fanatismo religioso para vivir en un Estado laico.

Entonces supusimos que quedarían en el olvido todas las atrocidades que en nombre de la fe católica se cometieron en el pasado, cuando los curas intervenían abiertamente en política en favor de los gobiernos derechistas y perseguidores de Ospina Pérez  y Laureano Gómez. En la hora actual, 25 años después de los supuestos avances constitucionales, padecemos un Estado más confesional que el que diseñaron Núñez y Caro, y lo que es peor, al paso que vamos muy pronto habitaremos en una especie de Califato o en el reino de la Inquisición. 

El primer aviso de que una cosa es lo que dice la Carta Política respecto del laicisimo y otra la realidad, se dio en el gobierno de Uribe, cuando a través de su ministra de Educación, Cecilia María Vélez, expidieron un decreto ilegal restableciendo la obligatoriedad de la educación religiosa en los colegios públicos. Y esa fue la cuota inicial de muchas otras arbitrariedades.

La última señal de lo que está pasando la vivimos por cuenta del referendo promovido por la senadora Viviane Morales para preguntarle al pueblo lo que sabemos cómo contestarán, sobre si aprueban o no la adopción de menores por parejas del mismo sexo o solteros. Que la senadora supuestamente liberal pretenda imponernos al resto de compatriotas su modelo religioso de familia cristiana, ya es un abuso, pero que en eso la hayan secundado más de 50 de sus colegas senadores, entre los cuales hay representantes del liberalismo y de la U, es una vergüenza, por decir lo menos.

En un país que se mueve por las supersticiones religiosas de todas las tendencias, fácil resulta suponer que en las urnas los católicos, cristianos y cultos afines desaprobarán la adopción por parejas homosexuales y solteros, porque para ellos no valen criterios científicos que han probado su conveniencia, sino “liberarnos” al resto de los mortales, aun en contra de nuestros propios criterios y derechos, del “pecado” de una sociedad que consienta una adopción que no calza con sus salmos y rezos. Menos les importa que ese referendo esté viciado al pretender someter a consulta popular derechos fundamentales.

Aunque hizo bien Santos en expresar su reparo a este referendo, me temo que llegó muy tarde, pues cuando su insular voz disidente se oyó ya la Unidad Nacional había aprobado este esperpento. ¿Dónde estaba el ministro de Justicia ?

Con estos referendos bonapartistas los cristianos y católicos podrán imponernos lo que les dé la gana. No en vano hay diez millones de cristianos dispuestos como una horda enfurecida a votar por lo que les ordene su credo, y eso sin contar a los católicos que son muchos más. Ambos ya hicieron su primera demostración al sepultar el plebiscito, y se cogieron confianza. Hoy es la adopción, más tarde nos impondrán también por referendo la obligación de ir a misa, rezar el rosario, creer en el mismo Dios que ellos adoran, o prohibirán las uniones libres, el homosexualismo y quién sabe qué otras intolerancias.

De nuevo los senadores liberales sorprenden con sus decisiones tan contrarias a la ideología del partido al que pertenecen. Antes sucumbieron al artificio de votar por Alejandro Ordóñez para procurador, junto con Petro y otros del Polo Democrático, porque se tragaron el cuento de que se trataba de un jurista demócrata. El tiempo terminó confirmando lo que desde esta tribuna vaticiné acerca de que Ordóñez no solo era un intemperante y un mediocre abogado sino un pésimo ser humano. Varios senadores liberales parecen no haber aprendido la lección y esta vez se han ido de bruces apoyando el inconstitucional, odioso y peligroso referendo de Viviane.

Y como para que no haya dudas de que esto se lo tomó la religiosidad más recalcitrante, Santos y Uribe hicieron el oso mundial poniendo al papa Francisco como árbitro de sus diferencias domésticas, que tampoco pudieron solucionar. Mejor dicho, apague y vámonos.

Adenda. Esta columna volverá en enero. Les deseo feliz navidad y un próspero 2017.

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