Por: Arturo Guerrero

El retorno a tiempos de la horda

El monstruoso crimen contra la niña india dio salida al monstruo incubado en miles de colombianos jadeantes. El circo romano que se formó entre la puerta de la clínica y la tanqueta policial estuvo a punto de desatar una conflagración.

La tromba, que no alcanzó a desplegarse en la calle, se proyectó y mostró su osadía en internet. El video azorado dejó oír los desgarros que piden violación, empalamiento, castración, incineración para el sospechoso asesino.

Decenas, centenares de comentaristas saturaron el foro de la noticia con frases que dan más miedo que la escena escueta. Estas reacciones son en sí mismas un elenco universal de la infamia. Asombra la mayoría femenina de estos escribientes.

Lamentan que nadie preparara una botella de gasolina para mojar con fósforos al acusado y a los policías que lo protegen. Se alegran de que en la cárcel lo tomarán por su cuenta ¨veinte negros¨ para sodomizarlo. Y de que a continuación le meterán un palo por donde sabemos.

Reclaman porque las autoridades no lo hayan entregado a la furia epidérmica de la multitud, que lo habría quemado vivo… lentamente. Piden idénticos tormentos para la familia que lavó el cuerpito estropeado para esconder la barbarie.

Agregan contenido político: que los comandantes pacificados de las Farc sean bajados de sus camionetas urbanas blindadas, para lincharlos por haber hecho abortar a niñas guerrilleras cuando todos eran guerrilleros.

En medio de este fuego cruzado, un ave solitaria, un comentarista arriesgado recuerda antiguas delicadezas: el derecho a la defensa, la presunción de inocencia.

Alguien responde ¨qué alivio, por fin alguien me devuelve la esperanza¨. El ave permanece íngrima.

Es de presumir que este listado de suplicios propuestos en las redes sociales es reflejo de lo que piensan con el estómago millones de colombianos. Estos son los remedios solicitados contra la justicia sin juicio que padece el país.

Contra las ventajas de ser prestante y pudiente, frente a los códigos. Contra los intentos de ocultar, de sobornar, de volarse. Contra la pantomima de enfermarse, de ser inimputable.

Estos vientos, sembrados por ilustres juristas y por los dueños centenarios de un país hastiado, cosechan las tempestades que asustan en estos días. Unos y otros han conseguido en pleno siglo XXI retroceder a Colombia a tiempos de la horda.

No somos pueblo, somos turba, tumulto, manada. Rige entre nosotros la ley de la selva, aquella propuesta por el instinto de conservación. Colmillos, garras, cuernos son los argumentos principales para resolver disputas. La fuerza bruta manda, el músculo dicta el orden.

Se han perdido siglos, milenios de inteligencia y ponderación. Los antiguos descubrieron que es mejor entregarle el monopolio de la fuerza al Estado. Y la justicia es una modalidad de esa fuerza. Al romperse estas alianzas elementales de convivencia, el hombre vuelve a ser lobo para el hombre.

En medio de la jauría, sonríe vigilante el caudillo que sabe convertir en ganancia cualquier variación en el viento de la historia.

[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arturo Guerrero

Todos los hermosos juristas

Los misteriosos doce

Petro-éxodo en las fronteras

La deliciosa burla de los instantes

Dime quién es tu abogado