Por: Ramiro Bejarano Guzmán

El santo chantaje

El 18 de julio de 2009, María y Santiago, de 10 y 12 años, pernoctaron en la casa cural del barrio Alfonso Bonilla Aragón en Cali.

Esa noche el sacerdote William de Jesús Mazo Pérez abusó sexualmente de los menores y hasta se tomó fotografías pornográficas con ellos. Eran los tiempos del Arzobispo de Cali Juan Francisco Sarasty, de ingrata recordación por su permisividad con la pederastia sacerdotal.

Esto que pasó en una provincia colombiana sucede en otras latitudes, pues como lo había evidenciado siete años atrás una investigación periodística del Boston Globe (2002), el abuso sexual de párrocos a sus feligreses menores de edad no es un asunto aislado sino sistemático de la institución católica.

En la imperdible película Spotlight, galardonada con el Oscar de la Academia el año pasado, uno de los personajes, víctima de abuso sexual por parte de un sacerdote, afirma que cuando un líder espiritual viola a un menor de edad de su congregación, no sólo se vulneran las libertades y derechos sexuales, sino, aún más grave, el derecho a la libertad de cultos y se violenta de manera irreparable su relación con Dios. Y en ello radica lo devastador del fenómeno que por décadas ha sido negado por la Iglesia. Aquí el mismo cardenal Rubén Salazar, ante el llamado del papa Francisco para que en el mundo entero se sancionaran los curas pedófilos, se hizo el loco y se convirtió en cómplice de esos acosadores, para lo cual olímpicamente, contra todas las evidencias, mintió al decir que aquí no era necesario tomar ninguna medida porque eran pocos los casos registrados.

Con semejante rabo de paja pretende la Iglesia, de la mano del uribismo y la ultraderecha, desde el pedestal del odio, la intolerancia y la ignorancia, decirnos a los colombianos qué es lo que está bien para nuestros niños y niñas. ¡Qué cinismo!

Se atreve la Iglesia a abusar de sus homilías y cadenas de oración para promover marchas contra la valerosa y decente ministra Parody, cuyo único interés ha sido dar información veraz y cuidadosa a nuestra infancia. Nada malo puede tener que a una persona en formación le expliquen, con todos los cuidados necesarios, que hay seres diferentes, que esa diferencia no es mala ni buena, y que con ella debemos convivir de manera pacífica y respetuosa. Eso generaría un cambio social que permitiría a unos crecer sin miedo y a los otros madurar sin rencores. Eso es lo trascendente. Precisamente por su importancia, la jauría de intolerantes se niega a enfrentar el debate con argumentos, y prefiere sepultar la opinión contraria con el linchamiento de marchas politizadas, cargadas de veneno y resentimiento.

Y esta es la organización religiosa que aparentemente apoya el proceso de paz, pero de dientes para afuera. En efecto, la Iglesia no ha dado un espaldarazo real e inequívoco a las conversaciones en La Habana. Ahora recuerdo con asombro el comentario de un ex alto funcionario del actual gobierno, quien hace unos meses me aseguró que los altos jerarcas católicos le advirtieron a Santos que no le apostara al “tema gay” pues de ser así retirarían su apoyo al proceso de paz. Esta semana volvieron a la Casa de Nariño, ya me imagino a qué. Y a esas voces ya se suma la del indelicado y cuestionado nuncio apostólico, Ettore Balestrero, quien descendió de su cumbre de embajador de la Santa Sede para sumarse a las marchas contra una ministra, sin que en la Cancillería se hayan dado por aludidos con semejante intromisión de este diplomático.

Lo que no nos puede pasar a los demócratas es que el futuro de la Nación esté secuestrado por una iglesia que utiliza su poder en púlpitos y confesionarios para obligar al gobierno a desistir de apoyar políticas reformadoras y saludables, como la de autorizar la educación de género, o reconocer los derechos de la comunidad LGBTI. Si la paz va depender de lo que quieran las sotanas, preparémonos para otra guerra.

Lo que falta es que después del tibio y confuso respaldo de Santos a Gina Parody, en una de sus salidas pragmáticas se le ocurra aceptarle su “renuncia”. Amén.

Adenda. Con la anulación de la sanción a Piedad Córdoba, empiezan a derrumbarse las arbitrariedades de un procurador que deshonró su cargo y ofendió para siempre la decencia.

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