Por: Santiago Gamboa

El Uribe planetario

Pensé titular esta columna “Uribe: el Trump criollo”, pero se verían demasiado las diferencias superficiales entre ambos, como el hecho de que Uribe no usa tupé ni se ríe o hace muecas y, sobre todo, que no se rodea de esas mujeres que se hacen llamar modelos, pero no por la actividad profesional, sino como sinónimo de quien “se gana la vida con su cuerpo” ofreciéndolo a millonarios. Uribe en eso es más mojigato, o al menos de cara al gran público, pues corren por ahí algunas historias. Lo que importa ahora es en lo que sí se parecen.

Ambos representan y son a la vez producto de ese viejo cáncer de la democracia llamado populismo, en el que un líder prescinde voluntariamente de la razón, del debate honesto y constructivo desde un ideario, para lanzarse a lo emocional, a atizar el odio y el resentimiento, la intransigencia y el miedo, la intolerancia, el insulto y la simplificación de las razones del adversario, el patrioterismo en su versión más tonta y violenta y, tal vez lo peor, lo más desagradable: siempre con un gestico de macho alfa, de gallito fino que se siente por encima de las leyes y de los demás, que se atribuye el derecho a decir cualquier cosa para destruir a su rival sin importar que sea verdad, pero negando haber dicho mentiras, incluso cuando todo un país las oyó, y para ello incurriendo en colosales exageraciones, farsas y embrollos, sembrando sus intervenciones públicas de inexactitudes, engañifas y fanfarronadas con el convencimiento de que decirlas no le causará ningún daño, pues el pueblo más ignorante, el que es sólo masa (nada crítica) y cuenta con un voto por estómago, está ahí, esperando la grosería de sus lances para reírse y salir a las calles a repetir sus ocurrencias descaradas y vulgares, pues quien las repite se siente partícipe del mismo combo matón al que pertenece quien las inventa.

En suma: es la política, pero no vista como el arte de construir una sociedad mejor mediante las ideas, sino la de igualarse con eslóganes ramplones a la necedad de la mayoría, para acceder al poder y beneficiarse de él. Refiriéndose a estas excrecencias de la política, el gran Obama dijo: “La ignorancia nunca ha sido un valor”. Algo muy cierto, aunque, por desgracia en nuestros días, la realidad parece desmentirlo, pues 2016 será recordado como el año bisiesto que puso a la democracia contra las cuerdas. Según Trump, el calentamiento global es un invento de los chinos para frenar la economía de EE. UU. Según Uribe, Santos quiere entregarle Colombia a las Farc y al castrochavismo de Maduro. Ver que quienes esto dicen ganan elecciones y plebiscitos, ¿no es prueba de que la ignorancia reina en el mundo?

Por otro lado, Trump llega a la Presidencia siendo ya millonario, pero sin duda reforzará sus empresas. Uribe y sus hijos, en cambio, se hicieron y siguen haciéndose cada vez más ricos a partir de su Presidencia. Por haber vivido en la Italia de Silvio Berlusconi, conozco perfectamente este sistema y por eso me aterra ver que hoy se ha convertido en norma y que tanto Marinne Le Pen como sus pares europeos del odio habrán tomado nota. Ya saben cómo se hace y entonces lo espeluznante es imaginar todo lo que se nos vendrá encima en un futuro no muy lejano.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Gamboa

Duque en las Galias

Se acabó la rasca

¿Qué país queremos?

Estudiantes y políticos

Es tiempo de unirse