Por: Juan David Ochoa

El Zar

Se abren las puertas doradas del Kremlin y aparece él, Vladimir Vladimirovich Putin, caminando sobre el largo tapete rojo desplegado desde el siglo de Catalina la grande, entreviendo por el rabillo del ojo a sus conserjes que le aplauden de orilla a orilla entre el pasillo del poder absoluto.

Camina con el paso de un antiguo agente de la KGB que no pierde su matiz en la grandilocuencia, mueve sus brazos con el ritmo de quien tiene el dominio de un planeta orbitando la soledad universal de poderes extremos, mueve su mano izquierda levemente simulando la cordialidad que exige  la astucia de la diplomacia, y se pierde entre la multitud en una caravana de 27 mercedez Benz y 10 motos de alto cilindraje a una de sus citas mediáticas en RT, su canal oficial: un encuentro público con un periodista al que dejará hablar lo suficiente para enmudecerlo con tres frases lacónicas y una sonrisa que concentra siempre la piedad y el paternalismo.

Rusia no respira igual desde que Boris Yeltsin, un borracho tambaleante entre el patetismo y la deshonra, le heredó el poder a quien ya dirigía los hilos oficiales desde los altos ministerios en 1999, cuando el milenio terminaba ajustando las fichas arcaicas de su historia, y Moscú, con sus viejas glorias de haber sido el azote de Hitler y Napoleón, se recuperaba apenas del descalabro monumental de la URSS y de un naufragio sin sobrevivientes cuerdos. Putin tomó el poder prometiendo la recuperación histórica y los retornos de una tradición imperial que siempre mereció el país transcontinental más extenso del mundo.

A 16 años del inicio de su poder interrumpido solo por el gobierno de Dimitri Medvedev, quien fue también su muñeco ventrílocuo, el dominio mundial bajo su nombre es irrefutable y tiene el ruido de un zarismo expansionista cuidadoso de las leyes internacionales y asertivo en invasiones cuando las mismas leyes se descuidan por un estallido al otro lado de la tierra. Su intervención en Georgia y su anexión de Crimea fueron, tal vez, el cuidadoso cálculo de un paso mayor que venía proyectando desde su ya atronadora máxima sin anestesia "Hay que romper el monopolio anglo-sajón del flujo global de información”, que en términos parroquianos se entiende como el rompimiento del dominio global de un paradigma, y ese paradigma no es más que la idea estructural de la sociedad moderna que implantó la Unión Europea con su orquesta de países occidentales unidos contra las amenazas de un ideología repentina.

Por eso no fue extraña su intervención silente en el Brexit, el primer infarto de ese proyecto, al que  influyó tras bambalinas con las mismas estrategias con las que ahora se ha confirmado su intervención en el ascenso de Trump, otra cáscara en el orden de una tradición geopolítica. Su ya público y conocido respaldo militar en el sostenimiento de Al- Asad en Siria contra viento y alianzas militares extranjeras sobrepasó el lenguaje de la intimidación y demuestra los colmillos de una intención que  sobrepasa también la voluntad simple de un país aliado.

Rusia tiene ahora los hilos del mundo desde Oriente Medio hasta el Norte de Europa, con un nuevo títere en la mismísima Casa Blanca del viejo País enemigo de la Guerra Fría que ha transformado su rencor en una nueva relación de favores pendientes. El zar mueve sus brazos de espía imperial sobre los pasillos del mundo, lejos del Kremlin y mucho más cerca del palacio del Zar Alejandro.

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