Por: Valentina Coccia

Elena Ferrante: de identidades móviles e historias de lucha

Aunque el valor artístico de la literatura ha perdido su importancia en los últimos años, todavía aparece algún autor que nos llena de alientos a aquellos que amamos profundamente la lectura. Así como escribir, leer también es un arte: la magia de un libro se comprende sólo a través de la identificación de sus grandes rasgos, que nos hablan directamente de una realidad oculta en nuestra vida cotidiana.

Estas semanas hubo una autora que me hizo recobrar la esperanza en que las nuevas generaciones vuelvan a amar la lectura. Las últimas semanas me sumergí en la saga “Dos amigas” de la autora italiana Elena Ferrante, pseudónimo de una mujer anónima, que puede ser cualquiera de nosotras, en los parques, en las calles o en los baños públicos. Una mujer sin rostro, que en su anonimato renuncia a una identidad concreta y reconocida, y que a través de su pseudónimo se camufla y a la vez se hermana perfectamente con nosotras, las que llevamos una vida común. Me gustaría elogiar la obra de Ferrante, que nos habla de manera franca y honesta sobre el universo femenino, que nos enfrenta al colorido y violento mundo de Nápoles, su encantadora ciudad, y que además, nos muestra con maravillosa simplicidad y naturaleza los rumbos de una vida, que a través de su escritura, se confunden con nuestra vida real, haciendo porosas las divisiones con el mundo paralelo de la literatura. Me encanta la obra de Elena Ferrante, porque aún cuando tiene la profundidad de los clásicos, también tiene la capacidad de los best sellers de atrapar a sus lectores hasta el punto final de la obra.

La saga “Dos amigas” habla de la amistad de Lila y Lena, dos niñas que crecen en un barrio cuasi periférico de la ciudad de Nápoles; ciudad que acumula siglos de historia oficial, pero que además colecciona innumerables historias pequeñas de amores confusos, alegrías cotidianas, violencia, miedos, supersticiones e ignorancia.

El barrio napolitano de los años 50 que Ferrante nos describe en sus páginas es ese espacio semi-público en el que la vida de los vecinos queda al descubierto a través de las ventanas abiertas, y de las conversaciones que se dan entre la ropa tendida de balcón a balcón. La Nápoles de Ferrante es esa ciudad de los negocios de barrio, en los que las mujeres entraban cargadas con su cesto, saludando y conversando con el vecino dueño del local. Es esa ciudad del café de la cuadra, en la que por la mañana los vecinos se encuentran antes de dirigirse al trabajo, compartiendo una charla, un bizcocho y un capuchino. También es la Nápoles del pequeño camorrista, el mafioso dueño del barrio, que controla de manera cordial y silenciosa la vida de todos; es la ciudad de la pobreza y de la miseria, en la que las casas no tienen baño, y en la que los niños buscan trabajo después de terminar quinto de primaria. Es la ciudad casi neorrealista en la que cambia todo para que nada cambie.

En esta Nápoles tan variopinta, Lena y Lila crecen conscientes de las innumerables limitaciones impuestas por su mundo: sus limitaciones por ser mujeres, por ser pobres, por crecer en el mundo de la familia Solara, familia camorrista que se adapta al progreso de la modernidad esperando poder conservar siempre su poder sobre el barrio. En ese mundo inquieto, en esa Nápoles furibunda que más que con violencia explícita ataca con los azotes de la miseria camuflada de cotidianidad confortable, Lila y Lena, cada una a su modo, trata de transformar la realidad a su favor. La identidad de las dos niñas, que recorren juntas la juventud, la adultez, y la edad madura, se confunde de manera constante. Lena, que tiene la oportunidad de seguir estudiando y de lograr tener un título universitario, realiza su condición femenina explícitamente rebelde enajenándose completamente de la realidad en la que creció, convirtiéndose algún día en una escritora de gran fama, en el oxímoron de las otras mujeres del barrio. Lila, contrariamente, persigue varios objetivos en la vida, realizando su rebelión femenina a través de borrarse constantemente, de no permanecer en ninguna condición durante mucho tiempo. Su brillante inteligencia, el abandono al que somete todas las fases de su vida y su constante “preferiría no hacerlo más” la convierte en una voz determinada y desobediente. Ambas voces, en el anhelo de convertirse la una en la otra se confunden de manera constante, como cualquier relación humana que tenga importancia en nuestras vidas: el otro nos afecta, nos transforma, nos confunde, nos colma de amor o de odio, y nuestra identidad, que a la vez se confunde con la del otro, no sería real sin su existencia.

En este sentido, Elena Ferrante habla de la vida como tal: la vida de Lena y Lila que puede ser tan parecida a la de cualquiera de nosotros. Aunque la vida del barrio de Nápoles no hace más que decaer, Lena y Lila se transforman, en sus subidas y bajadas por la vida, resistiendo, cada a una a su modo, de caer en las limitaciones con las cuales han nacido. La obra de Ferrante resulta ser maravillosa, porque además de describir con franqueza los afectos (que no están siempre medidos por el amor), la autora pone en evidencia la capacidad de lucha que tenemos no solo contra la adversidad, sino también contra las restricciones que el mundo nos ha impuesto.

@valentinacocci4     [email protected]
 

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